Feb
12
En no pocas ocasiones, el encuentro con un libro tiene algo de policial porque se sabe de su existencia y hay que adivinar indicios para hallarlo. Por otra parte –y como bien advierte el autor de este texto– recurriendo a las reglas estrictas del género negro se logran hallazgos literarios. texto: javier garcía-galiano • ilustración: alejandro márquez
1. La ley y la literatura
Aunque muchos casos criminales han derivado en novelas, cuentos e incluso poemas, suele creerse que el universo de las leyes tiene poco de literario y que los abogados, los jueces, los fiscales y la policía ignoran despectivamente los libros que no son códigos. Sin embargo, un subprocurador del Distrito Federal, Renato Sales, ha vivido siempre entre la literatura, las teorías y las prácticas legales. En un tiempo fue director del periódico El sur de Campeche y se dice que encarna a un poeta secreto. No sólo cree que un libro, A sangre fría de Truman Capote, por ejemplo, puede resultar iluminador para resolver un crimen, sino que puede descifrarse un supuesto asesinato con el indicio de un poema. Piensa, asimismo, que, en México, la lógica del padre Brown puede ser más reveladora que las deducciones de Sherlock Holmes.
2. Historia del crimen imaginario
A pesar de que su amenaza cotidiana resulta siniestra, hay algo de placentero en el crimen, como puede demostrarlo un género, el policial, no pocas veces denostado, pero que ha creado misterios, ambientes, maneras, vestuarios, que sugieren emociones que fascinan a diversos lectores. Con rigor académico, pero con el gusto y la levedad propios de esa narrativa, en Muertos de papel Vicente Francisco Torres ha investigado su existencia en México. Sin prescindir del placer y la meticulosidad del lector, va descubriendo los orígenes de las invenciones literarias del crimen en México y de quienes las han ejercido, deteniéndose en sus autores memorables, como Rodolfo Usigli, Rafael Bernal, María Elvira Bermúdez o Antonio Helú; regodeándose en publicaciones atrayentes, como Selecciones policíacas y de misterio, para hallar autores esporádicos, como el cineasta Juan Bustillo Oro, que se permitió algunos relatos prodigiosos como “El asesino de los gatos”; y comentando las incursiones en el género de escritores que suelen preferir otra literatura, como Luis Arturo Ramos o Vicente Leñero.
Escrito escrupulosamente, pero con humor, Muertos de papel de Vicente Francisco Torres se lee como una buena novela policial.
Vicente Francisco Torres, Muertos de papel. Un paseo por la narrativa policial mexicana, México, Conaculta, 2003, 136 pp.
3 Historia del crimen imaginario
A pesar de que su amenaza cotidiana resulta siniestra, hay algo de placentero en el crimen, como puede demostrarlo un género, el policial, no pocas veces denostado, pero que ha creado misterios, ambientes, maneras, vestuarios, que sugieren emociones que fascinan a diversos lectores. Con rigor académico, pero con el gusto y la levedad propios de esa narrativa, en Muertos de papel Vicente Francisco Torres ha investigado su existencia en México. Sin prescindir del placer y la meticulosidad del lector, va descubriendo los orígenes de las invenciones literarias del crimen en México y de quienes las han ejercido, deteniéndose en sus autores memorables, como Rodolfo Usigli, Rafael Bernal, María Elvira Bermúdez o Antonio Helú; regodeándose en publicaciones atrayentes, como Selecciones policíacas y de misterio, para hallar autores esporádicos, como el cineasta Juan Bustillo Oro, que se permitió algunos relatos prodigiosos como “El asesino de los gatos”; y comentando las incursiones en el género de escritores que suelen preferir otra literatura, como Luis Arturo Ramos o Vicente Leñero.
Escrito escrupulosamente, pero con humor, Muertos de papel de Vicente Francisco Torres se lee como una buena novela policial.
Vicente Francisco Torres, Muertos de papel. Un paseo por la narrativa policial mexicana, México, Conaculta, 2003, 136 pp.
4 Se busca
En no pocas ocasiones, el encuentro con un libro tiene algo de policial porque se sabe de su existencia y hay que adivinar indicios para hallarlo. No resulta extraño que en la búsqueda de un libro aparezcan volúmenes insospechados que, sin embargo, no merman el interés y acaso la obsesión por las páginas pretendidas.
Aunque en las librerías que expenden novedades pueden suceder hallazgos, es en las librerías de viejo donde se puede aguardar ese acontecimiento, que no prescinde del azar y que, como casi todas las cosas, surge demasiado pronto o demasiado tarde. No en todos los locales que compran y venden libros usados ocurren esas apariciones. Uno de sus lugares propicios es La Torre de Lulio, en la calle Nuevo León de la colonia Condesa de la Ciudad de México, donde además impera un orden extraño que demuestra que “el libro y la mujer llegan inexorablemente”.
5. Un legado
No son pocas las obras que se han concebido para publicarse por entregas en el periódico, lo cual les ha conferido un estilo peculiar fundado en la intriga y el suspenso, que pretende despertar y mantener la curiosidad del lector. La sombra del caudillo, por ejemplo, apareció en La Prensa de San Antonio, La Opinión de Los Ángeles y El Universal de la Ciudad de México; Charles Dickens hizo de ello un oficio y Fantomas de Pierre Souvestre y Marcel Allain puede considerarse una creación de esa costumbre.
Suele creerse que el folletín, además de propiciar una literatura barata, ha desaparecido, entre otras cosas porque lo suplieron las telenovelas. Sin embargo, en El Hidrocálido de Aguascalientes aparece diariamente, desde hace algún tiempo, El legado, una novela por entregas de Eugenio Bernal Macouzet adaptada por Rodolfo Palma Rojo, que se recrea con acierto en las intrigas y vicios propios del género, produciendo en el lector un raro placer, que no prescinde de la espera y el deseo de adivinar lo que anuncia el clásico “continuará…”.
6. Pesquisas librescas
Entre los objetos que el subprocurador Renato Sales lleva consigo, se encuentra un pequeño volumen: La Suave Patria y otros poemas de Ramón López Velarde, editado por Alianza Editorial y Conaculta, que ya se sabe de memoria, lo cual no lo lleva a olvidar la primera lectura grata de su vida: Robinson Crusoe de Daniel Defoe. Actualmente, está leyendo Errancia de George Steiner y considera pertinente recomendar:
El sentimiento trágico de la vida de Miguel de Unamuno, que volvió a descubrir en un viaje a España.
Las flores del mal de Charles Baudelaire en la traducción de Eduardo Marquina.
Reflexiones sobre las causas de la libertad de Simone Weil.
Sobre los acantilados de mármol de Ernst Jünger.
Las ideas de hoy de Thorton Wilder.
Autobiografía precoz de Salvador Elizondo.
La Montaña Mágica de Thomas Mann.
7. … y verborrea
Una de las invenciones comunes entre quienes se dedican a las leyes es un idioma hecho de palabras insólitas, como indiciado, que sirven para hacer más farragosas las causas que se persiguen. Existen en esa jerga leguleya, sin embargo, reminiscencias clásicas perdidas en la sordidez de la realidad; “el ministerio”, por ejemplo, “el amparo” o los “autos”.
Además de connotaciones motrices y de los ensimismamientos, desde el Diccionario de Autoridades de la Real Academia Española, hay algo de sentencia en todo auto, al que define como “decreto y determinación del Juez dada y pronunciada jurídicamente sobre la causa civil o criminal de que conoce. Es término forense, y viene del nombre latino Actus. En lo antiguo se decía Acto, mas con el tiempo se mudo la c en u: y así el día de hoy se dice Auto”, el cual puede volverse terrible si es un Auto de fe, pues se refiere al que “el Santo Tribunal de la Inquisición hace en público, sacando a un cadalso los reos después de examinadas sus causas y sentenciadas”, o hacerse cómico en esas obras teatrales que son los Autos sacramentales.

