Feb
12
Los poetas Gabriel Magaña, Gerardo Deniz y Luis Vicente de Aguinaga iluminan con su singular pluma estas páginas, en donde comparten espacio con una pequeña librería de reminiscencias borgianas.
La página
fuera de la página
Según lo refirió Borges en uno de los artículos que publicó en El Hogar. Ilustración semanal argentina, T. E. Lawrence “era tan sensible a la peligrosa pasión por la tipografía, que solía acortar o aumentar su texto para que cada página de su libro fuera impecable”. De una manera diferente, en sus Caligramas Apollinaire supo utilizar la disposición tipográfica para darle a sus poemas la forma de la luna de la que hablaba. En su búsqueda poética por el principio, Gabriel Magaña ha hallado los significados de los espacios en blanco. No se trata de un mero silencio. Desde In albis y La nada en bruto hasta Jasaduras y Apoyado en su tiempo de oscuridad, la disposición que le otorga a las palabras, que a veces saltan a otra página, no obedece a un capricho, sino a la búsqueda de lo esencial.
Intimidades insólitas
Más allá de los Raros de Rubén Darío y de los “artistas malditos”, uno de los escritores más peculiares que han existido es, sin duda, Gerardo Deniz, que ha fundado su poesía en la ironía y el entendimiento. Aunque su obra parece inextricable, obedece a una lógica, la suya, animada por el humor y la inteligencia.
Ciertamente, en sus poemas se ocultan algunas de sus intimidades lúdicas y ya había de él un libro inusitado de prosa, Alebrijes; pero todavía debe celebrarse la aparición, hace seis años, de Anticuerpos, en el que se reúnen algunos de sus escritos publicados en periódicos y revistas, en los que refiere, entre otras cosas, su historia en la Biblioteca Benjamin Franklin, sus lecturas de Jules Verne, ciertas inclinaciones melómanas y su cercanía con Georges Dumézil, algunos de cuyos libros han sido traducidos por el no menos admirable Juan Almela.
Gerardo Deniz, Anticuerpos, México, Juan Pablos Editor, Ediciones Sin Nombre, 1998, 216 pp.
Lo que queda
de poesía
En sus Parodias, Marcel Proust intentó con ironía y devoción emular el estilo de distintos escritores, como Flaubert, Balzac o los hermanos Goncourt, con lo cual acaso demostraba que provenía de diversos escritores. En Reducido a polvo, el poemario con el cual ganó el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes 2004, Luis Vicente de Aguinaga no renuncia a sus lecturas de, entre otros, Antonio Gamoneda, Edmond Jabés u Octavio Paz, pero lo hace no como meras emulaciones, sino como un vestigio (una de las obsesiones que habitan este cuaderno) que lo conduce a un estilo personal y definitivo.
Luis Vicente de Aguinaga, Reducido a polvo, México, Joaquín Mortiz, 2004, 108 pp.
El canto del tucán
Hace más de 15 años, se rumoraba que, en la Ciudad de México, el poeta Víctor Manuel Mendiola deambulaba en un volkswagen repleto de libros; se trataba de los gratos volúmenes que ya desde entonces editaba bajo el sello editorial de El Tucán de Virginia, que comenzó con un título suyo y otro de Guillermo Samperio y que sigue siendo casi la única que publica solamente poesía. Aunque se ha interesado por poetas mexicanos como Francisco Icaza, Luis Barjau o Fernando Fernández, ha procurado la traducción asimismo de poetas como Lars Forsell, Ted Hughes, Lanza del Vasto o Sarah Kirsh, habiendo hecho, además, con Salvador Elizondo, un tomito memorable de El Cuervo de Edgar Allan Poe, seguido de La filosofía de la composición con la primera versión de 1892 y la quinta de 1945 de Enrique González Martínez y las traducciones del francés de Charles Baudelaire y Stéphane Mallarmé.
Un sendero
Una librería enorme, a veces, impide hallar el libro deseado, convirtiéndose en un infierno hecho de novedades prescindibles, de tratados escolares, de anaqueles inescrutables. En una calle como, por ejemplo, la de Galeana, en el centro de Guadalajara, no lejos de Araiza, una tienda emblemática de ropa, y de La Alemana, un local legendario, puede encontrarse, sin embargo, un pequeño establecimiento ante el cual se requiere detenerse para descubrir en él una librería, la Jardín de Senderos, en la que ciertamente no abundan los volúmenes, pero los que allí existen suelen resultar atractivos. A pesar del espacio eximio, no se limita a la literatura, por lo que en ella también pueden descubrirse escritos de historia, de antropología e incluso de ciencia.
Un lector esencial
Como en su poesía, en sus lecturas
Gabriel Magaña prescinde de superficialidades novedosas, de lo insustancial,
de las convenciones literarias mundanas
y considera imprescindibles los siguientes autores:
Esquilo, Sófocles, Eurípides.
Pascal
Marcel Proust
Franz Kafka
Giuseppe Ungaretti
Friedrich Hölderlin
Hanna Arendt
Poemas de la dinastía Tang y de la Song
Su Tong Po
Martin Heidegger
Charles Baudelaire
Los filósofos presocráticos
Actualmente, está leyendo La idea
del espíritu. El pensamiento, la voluntad,
el juicio de Hanna Arendt.
… y verborrea
Hay a quienes no les bastan las palabras existentes, por lo que deciden inventar algunas. Del nombre de un cómico, Cantinflas, que tuvo algunos momentos afortunados, se derivó un verbo preciso, cantinflear, que define una manera disparatada de hablar. El poeta Vicente Huidobro era afecto a inventar verboides creacionistas y el malevaje suele recurrir a un lenguaje secreto.
Es sabido que a Miguel de Unamuno –que, según José Moreno Villa, tenía las manos “gordezuelas, suaves, blandas, sonrosadas, escurridizas; de afilados dedos, como para manipular con cosas leves y menudas”– le gustaba hacer pajaritas de papel, a lo cual llamó cocotología, palabra que al Diccionario Enciclopédico uteha le parece más apropiada que papirología, propuesta por el argentino Solórzano Sagredo, que llamaba papirolas y papirolitas a esas geometrías de papel.

