Feb
12
Amantes tanto de la música como de la literatura, Mario Lavista y Eduardo Lizalde conviven en estas páginas con la memoria de una estación radiofónica cuyas notas exquisitas fueron sustituidas por el ruido del balón contra el césped.
Las enseñanzas
de un músico
Quizá la curiosidad y el asombro han marcado las jornadas terrestres de Mario Lavista, en las que convergen asimismo
la amistad, la generosidad, la literatura, la conversación, el cinematógrafo y, sobre todo, el gusto por la música, la cual ejerce con rigor como melómano, como maestro, como editor y como compositor. En El lenguaje del músico, su discurso de ingreso a El Colegio Nacional, ha señalado la gran diversidad que distingue a la música moderna, y puede decirse que algo de ella se refleja en la variedad íntima de su obra, que no prescinde de la música de cámara, de las composiciones sinfónicas, de canciones, de la ópera, de cuartetos para percusiones, de “música para charlar”, como llamó Silvestre Revueltas a la música compuesta para el cine. •
Apostilla
del concierto
Entre los géneros que suelen desdeñarse, se encuentran las solapas de los libros, la nota al pie de página y las brevedades que se imprimen en los programas de los conciertos. Sin embargo, en ellos pueden hallarse curiosidades y una literatura mínima que puede resultar fascinante. Joaquín Gutiérrez Heras ha practicado el género de la nota escrita para un programa de concierto con asiduidad y sin desdeñarlo, haciéndolo derivar, sin proponérselo, en el diario de un melómano, en el que ha anotado algunas de sus ideas acerca de músicos como Mozart, Igor Stravinsky, Darius Milhaud, Mario Lavista, Silvestre Revueltas o él mismo, el cual ha sido rescatado de la dispersión por Consuelo Carredano.
Joaquín Gutiérrez Heras, Notas sobre notas. Compilación y prólogo Consuelo Carredano. México, Conaculta, 1998. 517 pp. •
Memorias
de un diletante
Quizá más que un poeta que parece imprescindible, que un lector acuicioso, que un editor riguroso, que un conversador grato, que un bebedor de vino, Eduardo Lizalde sea un melómano. Su gusto por la música lo ha llevado a presenciar óperas y conciertos en distintos teatros de diferentes ciudades del mundo como el Bolshoi, el Marinsky, el Carnegie Hall, la Philarmonie, a haber creado una discoteca y una videoteca infinitas, a hacer comentarios en radio y televisión, y a escribir artículos al respecto en periódicos y revistas, de los que se ha publicado una antología con fotografías tan sugerentes como los textos, como aquella en la que Enrico Caruso y Gabriela Besanzoni disfrutan un curado de pulque en Xochimilco.
Eduardo Lizalde, La ópera hoy, la ópera ayer, la ópera siempre. Antología de crónicas. México, Escenología, A. C., 2003. 543 pp. •
Pauta
Una revista puede ser una vanidad he-cha de vanidades, un recuento de ideas comunes a sus hacedores, una reunión efímera de escritos o una suma de novedades. Puede ser asimismo un objeto precioso, una revelación cotidiana y una lectura memorable; desde hace 25 años Pauta ha sido una de esas. Concebida por Mario Lavista como una revista dedicada a la música, en ella convergen textos de teoría, recuerdos, esbozos biográficos, ensayos, aforismos, poemas, cuentos, escritos olvidados y artículos meramente literarios, pues desde el principio se ha propuesto entrecruzar con acierto la música y la literatura, por lo cual sus jefes de redacción han sido escritores como Guillermo Sheridan, Juan Villoro, Luis Ignacio Helguera, que murió hace dos años, y Luigi Amara. •
Un fantasma
radiofónico
La memoria y las costumbres suelen construirse circunstancialmente. La lluvia, el trayecto al trabajo, el café se imponen a diario como un destino ineludible. También el tranvía, el saludo matutino o una estación de radio. Muchas de ellas irrumpen de manera implacable en nuestro devenir con música inesperada y desafortunada que por medio de la reiteración se apodera de nuestros recuerdos y de nuestra nostalgia. Otras representan una evocación placentera. Más que un hábito, la XELA, en el 830 de Amplitud Modulada, fue durante más de cincuenta años, un afecto inevitable, en el que se renovaba una melomanía elemental, que adquiría las formas de La hora sinfónica Corona o El compositor de la semana. Lamentablemente en esa frecuencia que transmitía la estación de música clásica más antigua del mundo, irruyó hace tres o cuatro años una estación deportiva, que luego ha seguido mudándose en el cuadrante, y Brahms, Shostakovich y Sibelius se sustituyeron por los Jaguares de Chiapas, el Pachuca, los Dorados de Sinaloa, El Matador Hernández, El Cadáver Valdés y El Guamerú García. •
Una admiración
olvidada
Siempre generoso, Mario Lavista, que es un buen lector, refiere que la primera lectura que recuerda es La sirenita de Hans Christian Andersen, que le leía su abuelo y luego se lo contaba. Actualmente se demora en las páginas de Sostiene Pereira de Antonio Tabucchi, autor al que conocía y novela cuya adaptación cinematográfica había visto, y que lo ha fascinado como suele sucederle a aquel que se detiene en algún libro de ese escritor italiano. Comprende que toda recomendación resulta circunstancial y caprichosa, pero se permite mencionar algunas de sus lecturas esenciales: todo Borges, pero ahora sugeriría sus conferencias en la Universidad de Harvard contenidas en Arte poética. Poesía china de la Dinastía Tang. Quizá escogería Macbeth, pero cree que todo Shakes-
peare resulta imprescindible y recuerda a Borges, que sostenía que después de Shakespeare todo es un plagio.
• Todo López Velarde.
• Cuadrivio de Octavio Paz.
• Debussy y lo inefable de Vladimir Jankélevich.
• La correspondencia de Giuseppe Verdi.
• El primer libro de John Cage: Silence.
• Todo Rilke, especialmente la Vida
de María.
• Esperando a Godot de Samuel Beckett.
• Tratado de armonía de Arnold Schönberg.
• Siete nocturnos de Álvaro Mutis y su cuento “Una calle de Córdoba”. •
… y verborrea
Aunque algunos clásicos como Louis Armstrong, como Charly Parker, como Dizzy Gillespie, como Pérez Prado, como José Alfredo Jiménez, como The Beatles no se acogen a los principios de las composiciones que conocemos como “música clásica”, y no todos los compositores que corresponderían a esa designación serían “clásicos” —además de que con maxmordonía esa palabra se referiría sólo a una época de la tonalidad—, esa me parece la expresión más precisa para aludir a lo que otros prefieren llamar “música culta” o “de concierto”, cuando cualquier notación elemental, como Los Changuitos, sería “culta”, y cualquier tonadilla resulta susceptible de interpretarse en un concierto.

