INTRO. Ninguno de los libros de José Ortega y Gasset –uno de los grandes filósofos en lengua española—es un tratado de filosofía riguroso. Trató de hacer asequible su pensamiento, dejó de lado el aparataje teórico y se entregó a una labor de divulgación dispersa en miles de textos.

“Mi vocación era el pensamiento, el afán de claridad sobre las cosas. Acaso este fervor congénito me hizo ver muy pronto que uno de los rasgos característicos de mi circunstancia española era la deficiencia de eso mismo que yo tenía que ser por íntima necesidad. Y desde luego se fundieron en mí la obstinación personal hacia el ejercicio pensativo y la convicción de que era esto, además un servicio a mi país”, escribió José Ortega y Gasset, uno de los grandes filósofos en lengua española, nacido en 1883 y muerto el 18 de octubre de 1955. Su vida y su obra se caracterizan por una actitud filosófica que buscó salir de las aulas universitarias para insertarse en la existencia cotidiana de España. Hizo filosofía y la divulgó a través de todos los medios a su alcance: la academia, el periodismo, la política, el trabajo editorial. En esto influyó su haber nacido “sobre una rotativa”, como él mismo bromeó, al recordar a su abuelo y a su padre, ambos periodistas, fundadores y directores del periódico El Imparcial, donde también fue un asiduo colaborador.
Otro acontecimiento fundamental en su concepción filosófica es la pérdida, en 1898, de los últimos territorios españoles en ultramar, Cuba, Puerto Rico y las Filipinas. Cuenta con quince años y sufre en carne propia, como muchos en su generación (Unamuno, Machado, Baroja), el trauma que significa la decadencia de su patria. Fue un verdadero desastre nacional que se reflejó en el sentir cultural de la época. Era “el problema de España”, como se le definió, ante el que Ortega y Gasset respondió con la búsqueda de culpables: el individualismo y regionalismo españoles, faltos de interés ante los asuntos nacionales; y una solución: una élite intelectual que aprehendiera lo mejor del mundo occidental y se encargara “de la educación política de las masas”. Para él, España estaba enferma. “Somos cisterna y debemos ser manantial”. Y si España era el problema, Europa era la salvación. Escribió en 1910: “queremos una interpretación española del mundo. España es una posibilidad europea. Sólo mirada desde Europa es posible España”.
No toda Europa, en realidad, sino Alemania, únicamente. Ortega y Gasset fue un germanista apasionado. A su hijo lo nombra Germán, en honor del país que le parecía el paradigma de la ciencia y la filosofía. Hace estudios en Leipzig, Nurenberg, Colonia, Berlín y Marburgo. Este último poblado, “pequeña ciudad gótica, puesta junto a un manso río oscuro”, representa para el filósofo “el equinoccio de mi juventud”, y afirma: “A ella debo la mitad, por lo menos, de mis esperanzas y casi toda mi disciplina”.
Influjo atmosférico
De regreso a España abandona de manera paulatina el influjo del neokantismo (“con gran esfuerzo me he evadido de la prisión kantiana y he escapado a su influjo atmosférico”) y comienza a escribir una obra más personal. Enarbola la Biognosis o ciencia de lo humano, a la que también denomina Razón Histórica. Ortega y Gasset yuxtapone el antiguo pensamiento que registra la realidad en los objetos al moderno enfoque que sitúa ésta en el sujeto: la mente, las ideas. El ser humano es, dice, pero sólo a través de su circunstancia, es decir la de la muy particular época que le tocó vivir. Hay en esto una situación producto del devenir histórico pero también una voluntad vital por entender las circunstancias, aceptarlas pero también cambiarlas. De ahí una de sus más famosas frases: “Yo soy yo y mi circunstancia y si no la salvo a ella no me salvo yo”.
Ortega desecha la ontología tradicional –el ser esencial, inalterable- para situar al individuo ante los hechos de la existencia histórica y cotidiana: “La vida no tiene un ser fijo y dado de una vez para siempre, sino que está pasando y aconteciendo”. A la fuerza de la razón le opone la fuerza de la vida: la biografía personal y el quehacer cultural. Afirmó: “El hombre, no tiene naturaleza, lo que tiene es historia; porque historia es el modo de ser de un ente que es constitutivamente, radicalmente, movilidad y cambio. Y por eso no es la razón pura, eleática y naturalista, quien podrá jamás entender al hombre. Por eso, hasta ahora, el hombre ha sido un desconocido… ¡Ha empezado la hora de las ciencias históricas!”
El hombre, animal elegante
Por supuesto, el pensamiento orteguiano cubrió muchas otras esferas. Se interesó en el lenguaje (sus nociones de la deficiencia y la exuberancia en el decir), en el relativismo, en el perspectivismo, en lo objetivo de una ciencia que se aleje de “la secreta lepra de la subjetividad”, en el racio-vitalismo, en el desdén que sentía por la filosofía medieval, tan orientada a Dios, en el estudio de las fuentes filosóficas, desde los griegos a Hegel y Kant, en el cristianismo (“de recordar a Jesús como San Pedro, a pensar a Jesús como San Pablo, va nada menos que la teología”), y en la eterna superposición de épocas y generaciones.
No fue un filósofo ajeno a la polémica. Hubo quien, como Unamuno, lo consideró un papanatas por sus ideas europeizantes. Otros lo consideraron un hombre más dedicado al espectáculo que a la filosofía. Algunos lo acusaron de plagio. Otros, de falta de originalidad. Hubo quienes no lo consideraron filósofo sino un hábil escritor que embellecía los conceptos de otros. Ya en 1928 se le acusaba de ser un “pensador y literato siempre; nunca filósofo. Es el ensayista que desflora todas las cuestiones sin resolver ninguna de una manera científica”.
Ortega y Gasset se defendió: “Pensar que durante más de treinta años he tenido día por día que soportar en silencio, nunca interrumpido, que muchos pseudointelectuales de mi país descalificaban mi pensamiento porque ‘no escribía más que metáforas’ -decían ellos. (…) Parece mentira que ante mis escritos (…) nadie haya hecho la generosa observación que es, además, irrefutable, de que en ellos no se trata de algo que se da como filosofía y resulta ser literatura, sino por el contrario, de algo que se da como literatura y resulta ser filosofía. Pero esas gentes que de nada entienden, menos que de nada entienden de elegancia, y no conciben que una vida y una obra puedan cuidar esa virtud. No de lejos sospechan por qué esenciales y graves razones, es el hombre el animal elegante”.
Se le acusó de que en sus libros, más que verdades contundentes, hubiera nociones, ideas deslumbrantes, sí, pero como inacabadas. Ninguno de sus libros es, en realidad, un tratado de filosofía riguroso y estricto. Él se opuso a ello de manera deliberada, tal vez por percibir la crisis contemporánea en torno a los conceptos otrora inconmovibles de Verdad, Razón, Ser. También, porque trató de hacer asequible su pensamiento al pueblo español. Por ello dejó de lado el aparataje teórico que debía sustentar su obra y se entregó a una labor de divulgación dispersa en miles de textos. Encontró, en el ensayo, una forma muy personal de hacerse leer. A éste lo definió como “la ciencia menos la prueba explícita”. Practicó una forma de escribir, literaria, amena, polémica, en oposición a la aridez del lenguaje filosófico practicado por otros autores, porque “había que hacerlo allí donde estaba el español: en la charla amistosa, en el periódico, en la conferencia. Era preciso atraerle hacia la exactitud de la idea con la gracia del giro. En España, para persuadir, era menester antes seducir”.

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