Feb
12
La literatura puede surgir de pronto en cualquier parte como, por ejemplo, en una taberna, en las galletas chinas de la suerte, en la calle y en el baño. Quizá la disposición y la intimidad a las que obliga ese recinto propicia el ocio, que con frecuencia favorece la lectura, lo cual ha devenido en géneros ocasionales como el de la minucia histórica, la curiosidad científica, las “citas citables” o la mera anécdota. Aunque en algunos de ellos suelen desplegar periódicos en las paredes para prevenir el tedio propio de esa fisiología, en los baños públicos dominan otras formas inequívocas de escritura.
Supeditadas al muro, a las puertas, al espejo, en ellas la ironía suele derivar en obscenidad, en afrenta, en una demostración de ingenio elemental que no prescinde de la ostentación escueta de ciertas preferencias deportivas, de los dibujos eróticos, del insulto sardónico a la autoridad, casi siempre representada por un simple policía.
Esa literatura de ocasión, me parece, tiene algo de mala educación sentimental y ha deparado hallazgos memorables. Hubo un tiempo en el que resultaba común encontrarse ante el mingitorio del baño de un restaurante, del de una cantina o del de un cabaret, un papelito pegado que anunciaba a colores: “CHANCROS, SÍFILIS, GONORREA. Enfermedades secretas. Consultorio del Dr. Flemming. López 23 Despacho 201”. Más que una advertencia, ese aviso comercial sugería historias oscuras de clínicas sospechosas, personajes ambiguos y condenas teológicas, aunque en una de sus clases en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, Salvador Elizondo sostenía que de ese género de cotidianidades, James Joyce había hecho el Ulises.
Esa costumbre es acaso ancestral —en las ruinas de Pompeya, por ejemplo, hay una caricatura inscrita en una pared que se cree que alude al emperador Claudio—, y una de las maneras que le ha permitido volverse perdurable consiste en la repetición. Por ello, no parece infrecuente que unos versos, una frase o una ocurrencia como “Yo soy el que mató a Paco Stanley” aparezcan en las letrinas de diversos lugares.
Aunque esa escritura suele incitar al ejercicio del anonimato y la difamación, a veces se recurre a ella para dejarle mensajes a desconocidos, con teléfono incluido, quizá menos como una invitación que como una provocación. Ignoro el desenlace de esos telegramas, creo, sin embargo, que, con las otras frases anotadas en las sórdidas paredes de los baños públicos, conforman una literatura pretendidamente espontánea como la del escrito arrojado al mar dentro de una botella o la de las inscripciones en los camiones.

