Además de ser un historiador peculiar, Javier Garciadiego es un profesor ameno que sabe convertir sus lecturas en una conversación amistosa. Dicha vocación convive en estas páginas con la biografía, un género que parecía despreciado en México hasta hace poco.

1.
Relación de los hechos

Desde Herodoto, la historia no depende de los sucesos, sino de su relato. Javier Garciadiego es una presencia común en los archivos, en la unam, en El Colegio de México, donde ha descubierto personajes como Higinio Aguilar y Gaudencio de la Llave, a quienes, bajo la influencia de Lytton Strachey, les dedicó su libro Porfiristas eminentes, o especulaciones ocultas que suelen devenir en la universidad, como en Rudos contra científicos. La Universidad Nacional durante la Revolución mexicana, en los cuales no pretende imponer una interpretación de los hechos, sino narrarlos con un estilo desenvuelto que no prescinde de la ironía.
Sabedor de que los documentos pueden proponer distintas historias cruzadas, ha elaborado, en La Revolución Mexicana, una antología imprescindible de documentos, planes y testimonios.

2. Una cátedra

Una costumbre estadunidense se funda en una extraña manera de beneficencia que consiste en donar bancas a los parques con el nombre del benefactor, prestar cuadros a museos y crear cátedras. Algunas de ellas, como la “Charles Eliot Norton Poetry Lectures”, se han convertido en libros admirables como Seis propuestas para el próximo milenio de Italo Calvino o Arte poética de Jorge Luis Borges. Las conferencias que dictó en la “Christian Gauss” de Princeton, obligaron a Nicola Chiaromonte “a darle la forma más coherente posible a las ideas en las que tenía tanto tiempo de trabajar”, de donde surgen los ensayos de La paradoja de la historia, en los que la literatura incita a la comprensión de los hechos según la moral, y los cuales han sido traducidos con generosidad por ese lector inagotable que es Antonio Saborit.
Nicola Chiaromonte, La paradoja de la historia. Traducción y prólogo de Antonio Saborit. México, Instituto Nacional de Antropología e Historia, 1999.

3. La conversación
como historia

Don Luis González y González contaba que, cuando decidió aprovechar su año sabático en El Colegio de México para escribir la historia de su pueblo, recibió no pocas burlas despectivas. Sin embargo, su forma de reconstruir el pasado ha resultado un ejemplo que, entre otros, ha permitido a Patricia Pensado y Leonor Correa hacer un recuento del pueblo de Mixcoac, ahora, como otros, convertido en un barrio de la Ciudad de México.
Recurriendo a conversaciones, Pensado y Correa no sólo logran recrear ese lugar a la manera de un viaje sentimental, sino que revelan misterios propios del lugar, como los de las casas al estilo de la Selva Negra o la casa morisca de avenida Revolución.
Leonor Correa y Patricia Pensado, Mixcoac. Un barrio en la memoria. México, Instituto Mora, 1999.

4. Una librería en Mixcoac

A pesar de todo, la Ciudad de México todavía sobrevive. Cerca del Parque Hundido, en la calle de Augusto Rodin, hay una plaza con una iglesia, la de San Juan Evangelista, animada por hermanos josefinos, enfrente de la cual vivía Ireneo Paz, en una casa que hoy es un convento de monjas dominicas, junto a la que se encuentra la que era de Valentín Gómez Farías, donde se labora en el Instituto Mora.
Esa casa no sólo se mantiene abierta para los investigadores, los maestros, los estudiantes y los visitantes de su biblioteca, sino que en ella se halla una librería, en cuyo espacio reducido pueden encontrarse libros de historia editados por ese instituto, como la biografía de ese hombre célebre por haber permanecido unos cuantos minutos en la presidencia luego de la renuncia de Madero, Pedro Lascuráin, hecha por Graziella Altamirano Cozzi, y también los que publican otros centros como la unam, El Colegio de México, El Colegio de Michoacán, la Universidad Autónoma de Aguascalientes o el Conaculta, que demuestran que al amparo del Estado también pueden hacerse obras encomiables.
Junto a la librería, existe un café al lado del jardín interior de esa casa, que no sólo hace más agradable la lectura, sino Mixcoac mismo.

5. Retratos callejeros

Como el diario, como las memorias, la biografía parecía un género despreciado en México hasta hace poco. José Manuel Villalpando es uno de los historiadores que han comprendido ese género que fascinaba a Franz Kafka, por lo que ahora dirige una colección de ellas, publicada por Planeta DeAgostini, que puede hallarse en puestos de periódicos, y en las que se hace el esbozo de la vida de personajes diversos como Ignacio Comonfort, Felipe Ángeles o Silvestre Revueltas.

6. Notas de lectura

Además de ser un historiador peculiar, Javier Garciadiego es un profesor ameno,que sabe convertir sus lecturas en una conversación amistosa y al que ahora se le ocurre sugerir los siguientes libros:
Años interesantes de Eric Hobsbawn, “no me resultó un hombre simpático, pero me resultó un hombre inmerso en una vida interesantísima y además percibe con muchísima lucidez los cambios del siglo xx.
“Para consumo nacional, creo que hay historiadores que se tienen que leer constantemente; aprovechar y releer a Luis González, que acaba de morir, y recomiendo ampliamente la lectura de un breve pero sabio y profundo texto de Bernardo García Martínez, cuyo título es algo así como Geografía histórica de México, y que forma parte de la reciente Historia económica de México, coordinada por Enrique Semo y publicada por la unam y por editorial Océano. Se trata de un texto auténticamente iluminador.
“Estoy disfrutando una nueva edición que acaba de llegar de España, una versión resumida de Las memorias de ultratumba de Chateaubriand. Es un testimonio que reconoce, disecciona, la caída del antiguo mundo y el surgimiento de un mundo moderno”.

7. … y verborrea

Es sabido que el significado original de las palabras no siempre se corresponde con el que les otorga el uso. De manera similar, su origen puede confundirse con la historia que le confiere el lugar donde se recurre a ellas. Un ejemplo clásico al respecto es el del sustantivo tiza, como se le llama en España al gis, que tiene su principio en el náhuatl, mientras que gis, como le decimos en México, y que Joan Corominas no consigna, me dicen que resulta de procedencia española.

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