Feb
12
La poesía del escritor austriaco Christoph Janacs, hecha de paisajes rulfianos, y la de Gabirel Magaña, conformada de rastros y vestigios, confluyen en estas páginas con el recuerdo de una librería mítica llamada El Juglar.
La palabra del paisaje
Hay recorridos que se convierten en literatura. Un viaje deviene con frecuencia en un diario o un relato, una vida origina a veces un libro de memorias, un itinerario puede importar una iniciación como la de ciertos libros de caballería o las novelas de formación del Romanticismo alemán. Mucho de la obra del poeta austriaco Christoph Janacs está hecha del paisaje, en el que descubre vestigios que acaso revelan la palabra. Sus viajes a México han derivado en una novela peculiar, Verano azteca, así como en los relatos de El canto del coyote. También aparecen como un reflejo en algunos de sus poemas que conforman la antología Tras la ceniza, en los cuales, como en las páginas de Juan Rulfo, el paisaje está hecho de silencios. •
Asombros inadvertidos
Todo libro es susceptible de convertirse en otros libros. Las circunstancias de una lectura, se sabe, determinan su placer y su recuerdo. La revelación que a veces puede representar un escrito en la juventud, con frecuencia deriva en un talismán o en la remembranza de una errancia. La frecuentación y el conocimiento de otros textos también contribuye a la percepción de lo que se lee en el momento. De manera semejante, releer la obra reunida de un escritor depara asombros inadvertidos, renueva descubrimientos, permite entendimientos de una escritura. Más que a una revisión, la publicación de Región, la poesía reunida de Jorge Esquinca, incita a detenerse en un poeta que, lejos de agotar y reiterar ciertas formas, indaga en los mecanismos de la creación para establecer una complicidad posible de lo que no puede decirse.
Jorge Esquinca, Región (1982-2002). México, Universidad Nacional Autónoma de México, 2004. 397 pp. •
El tiempo
de la oscuridad
Entre los muchos modos de escritura, existen algunos que se mantienen ajenos a la adulación, el prestigio y el reconocimiento inmediato, y parecen un origen perpetuo, en el que la palabra no representa un objeto precioso, sino un rastro, un vestigio o un indicio perdido; la poesía de Gabriel Magaña es uno de ellos. Lejos del burdel, de la experiencia circunstancial, de las modas literarias, indaga en el mito encubierto en la realidad, en el principio que se oculta en las apariencias, en la materia prístina, “libre del libro”, sabiendo que “el habla no es obra del hombre”.
Gabriel Magaña, Fenestraje. México, Ediciones Sin Nombre, 2004. 131 pp.•
La memoria del Juglar
Hay lugares que ocurren en la memoria como, verbigracia, ciertos paisajes de la infancia, una juguetería, el rostro de una desconocida y alguna librería; El Juglar ha sido una de ellas. Hubo un tiempo en el que estuvo al final de Avenida Revolución, en la Ciudad de México, en un pequeño local en un centro comercial, en el que había que ahorrar con paciencia para comprar ediciones míticas de El amor y occidente de Denis de Rougemont, la correspondencia de Friedrich Nietzsche, Documentos de Georges Bataille o la poesía de Robert Graves. Tiempo después, se mudó a su actual casa, en una glorieta de la calle Manuel M. Ponce, en la colonia Guadalupe Inn, entre cuyos libreros estuvieron José Manuel de Rivas y Armando Hatzacorsian, quienes crearon posteriormente Ediciones Heliópolis, y que entonces resultaban un peligro porque se convirtieron en magníficos vendedores, debido a que sus recomendaciones solían importar un descubrimiento. •
El vuelvo del colibrí
No resulta extraño que una editorial obedezca a propósitos personales, Giullio Enaudi y Ernst Rohwolt emprendieron la edición de libros como un oficio íntimo. También Joaquín Díez-Canedo concibió Joaquín Mortiz como un afecto literario, y esa idea personal movió a Juan José Arreola a publicar volúmenes que importaban un objeto querido. Desde hace algunos años, en la editorial Colibrí, Sandro Cohen decidió dedicarse a crear distintos ejemplares como una forma de literatura, logrando un muestrario vario de textos que no prescinden de la poesía de Francisco Hernández, los ensayos de Armando González Torres o las invenciones radiofónicas de Thomas Mann. •
Vestigios librescos
Como la de muchos escritores, la obra del ganador del Premio de Poesía de Salzburgo 2003, Christoph Janacs, revela ciertas lecturas íntimas como la de Paul Celan, Octavio Paz o René Char. Aunque no recuerda con precisión el primer libro que leyó, “uno de los primeros e importantes que influyó mi pensamiento y causó mi amor a la cultura española e iberoamericana, es El torero pequeño de Kesel Jasper. Janacs, que actualmente lee La palabra liberada de Gonzalo Márquez Cristo, recomienda, entre otros:
Octavio Paz: “Sus grandes poemas como Blanco, Piedra de sol y Nocturno de San Ildefonso. Él fue quien hizo que fijara mi mirada en México y marcó mi propia poesía”.
•El amante de Margerite Duras
•Hipnos de René Char
•Farenheit 451 de Ray Bradbury
•Michael Kohlhaas de Heinrich
von Keist •
… y verborrea
Se sabe que el teléfono se puede contestar de muchas maneras. Se trata de un entendido al que Roman Jacobson llamó “función fática”, y que no consiste sino en constatar que se escucha con cierta disposición. Quien responde al auricular “¡bueno!”, sólo está haciéndole saber al que llama que se ha establecido la comunicación como el soldado que en las series americanas de televisión dice a la radio “¡aquí Sanders! ¡cambio!” Aunque todas sean correctas, hay en ellas algo de impostura, pues no es lo mismo reponer “¡bueno!” que “¡hola!” que “¡diga!” que simplemente “¿si?”, y en cada país la mala educación es diferente.

