Benigno Gil es un limpiador de calzado en cuyos pasos por la Ciudad de México suenan ecos de Juan Rulfo, José Revueltas y Augusto Monterroso. Un lector que sabe que para quitarle la tristeza a una mujer basta una buena dosis de Ramón del Valle-Inclán.

La ruta del bolero

En la segunda página de Nuestro hombre en La Habana, Graham Greene describe un día aludiendo a que “estaba lleno de boleros (shoeshiners)”, refiriéndose a esos limpiadores de calzado que suelen abundar en los parques, que recorren las calles en busca de zapatos sucios, y que parecen imprescindibles en las cantinas, a las cuales se les vedaba el ingreso con un letrero sugestivo: “Prohibida la entrada a boleros, uniformados y vendedores ambulantes”. Benigno Gil es uno de ellos, y en sus trayectos diarios ha conocido fragmentos de la historia de parte de la Ciudad de México. No resulta extraño encontrárselo en La Castellana, en Insurgentes y Antonio Caso, donde Efraín Huerta se reunió con Pablo Neruda, en El Mirador, en Puente de Alvarado y Rosales, en la cual José de la Colina se encuentra semanalmente con periodistas y escritores como Ariel González, José Luis Martínez S., o Mauricio Carrera, y en el Salón Palacio, en Rosales e Ignacio Mariscal, al que han acudido, entre otros, Juan Rulfo, José Revueltas, Augusto Monterroso y Ricardo Salazar, el fotógrafo que los retrató allí. •

La memoria esencial

Paul Groussac decía, según Borges, que la declamación tenía sus reglas; la primera dictaba no cometerla. Sin embargo, en ciertas borracheras, en no pocas reuniones solemnes, en algunas celebraciones obligadas, no suele faltar quien se levante y recite con afectación “una poesía” como “A Gloria”, “Para entonces” o “El brindis del bohemio”. Luis Miguel Aguilar ha comprendido que ese hecho representa asimismo un gusto y lo ha compendiado en un volumen muy disfrutable: Poesía popular mexicana. Con rigor y sentido del humor, no ha desdeñado esa forma de concebir la lírica, que se funda en la rima y que está reunida en libros de títulos emblemáticos como El tesoro del declamador, admirándose de la manera en la que un poema “culto”, con pretensiones de exquisito, puede volverse del dominio popular como una canción.
Poesía popular mexicana. Selección y prólogo: Luis Miguel Aguilar. México, cal y arena, 2003. 499 pp. •

La futilidad eterna

En un poema muy conocido, Francisco de Quevedo aludió para siempre a la vanidad de las grandes empresas y a la permanencia de lo cotidiano. La historia de los supuestos grandes sucesos con frecuencia resulta aburrida y, por lo tanto, olvidable, mientras que el recuerdo de las minucias de las que está hecho un pueblo como San José de Gracia, devino en una obra memorable: Pueblo en vilo de don Luis González y González. Aunque en México no es raro que se desdeñen las remembranzas de lo inmediato, en algunas de ellas se descubren los mínimos acontecimientos diarios, como el burdel, como el
cine, como la canción de moda, que conforman la historia. La memoria del personaje que ha sido Pepe Jara no sólo importa la crónica de una vida peculiar, sino que hace las veces de un recuento personal del siglo XX en México.
Pepe Jara, El andariego. México, cal y arena, 1998. •

Libros callejeros

Las formas de un libro determinan su lectura. La belleza de un volumen puede incitar a detenerse en su texto, en su papel, en su tipografía, pero en ocasiones interfiere en la atención que requiere un escrito, pues existen ejemplares concebidos como adorno, para hojearse por sus estampas, para presumir exquisitez. Otros, en cambio, parecen desechables, hechos para usarse en cualquier lugar, y han derivado en invenciones entrañables como los libros de bolsillo. El recuerdo de una obra importa la del ejemplar en el que se ha descubierto y los gustos de un editor le confieren un encanto o vuelven sospechoso a un texto, a un autor y a un lector. Hace algunos decenios, el periódico La Prensa publicó una colección de libros, cuya lectura representaba una refinada perversión literaria por los dibujos de sus portadas y por sus títulos inauditos, que incluían una historia en varios volúmenes de la cárcel de Lecumberri, Los cazadores de cabezas del Amazonas de Up de Graff o El carretero de la muerte de Selma Lagerloff. •

Literatura
a la vuelta de la esquina

Un puesto de periódico no sólo expende versiones impresas de lo inmediato, vende revistas ilustradas y vocea novedades, sino que es un lugar de encuentro, confirma el significado de un saludo, de un hábito, de una conversación circunstancial. Ahí, se sabe, también se pueden adquirir estampitas y el álbum que le conceden un sentido aditivo a un Mundial de futbol o a la geografía, distintas formas de calendario como el de Galván o el que identifica a un taller mecánico y libros. En el de la esquina de Unión y Pedro Moreno, en Guadalajara, por ejemplo, podían encontrarse los ejemplares de Hexágono, en el que se ubica afuera del cine Teresa, en la Ciudad de México, todavía se venden los Populibros de La Prensa y muchos voceadores ofrecen volúmenes de Gredos, de Planeta y de Shakespeare. •

El lustre
de las letras

Una costumbre que conforma la de limpiarse los zapatos consiste en una lectura circunstancial que mitiga la espera que supone. Aunque los boleros gustan de disponer de prensa de boulevard, abundante en noticias policiales y escándalos artísticos, algunos, como Benigno Gil, se detienen a veces en los libros, que en ocasiones propician la conversación. El primero que recuerda haber leído fue “Poco a poco de Zamora Orozco o algo así; en la escuela” y el último que frecuentó fue “el de la Triste Figura, Don Quijote; no más tantito, no crea que todo”. Confiesa que hace mucho tenía trato con diversos volúmenes, “pero no sé qué pasó con ellos; los tiraron a la basura, se los comieron las ratas o ya sabe como son los muchachos…”. Sin embargo, se permite recomendar las siguientes obras:
•Moradas filosóficas, “parece que de Peter Colosino o algo así, para la juventud y para las damas”.
•Don Quijote de La Mancha de Miguel de Cervantes Saavedra
•Sonatas de Ramón del Valle-Inclán, “para que las damas no estén tristes; aunque sea pa’ que se acuerden”.
•Pito Pérez, “el de José Rubén Romero”.
•Un rabino en apuros, “es de los Populibros”.
•“Iba a decir El retorno de los brujos, pero estamos muy fantasiosos ahorita”. •

… Y verborrea

No son pocos quienes sostienen que los sinónimos no existen, pues aunque parece que algunas palabras significan lo mismo, prevalece una diferencia sutil. Por eso, a pesar de que pueden definir algo semejante, el uso de ciertas expresiones resulta delatador. Decirle “poesía” a lo que otros llaman “poema” denota una cursilería ingenua que se hace más notoria cuando se recurre al plural “poesías”. Quienes prefieren el término “poema”, aluden a la “poesía” a la manera inglesa; para referirse a una idea estética, que a veces se contiene en una reunión de poemas, pero finalmente, según lo escribió T. S. Eliot, “cada poema es un epitafio”.

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