Entre los muchos barcos anclados en el puerto de Londres, había uno que estaba abandonado, pero nadie se percataba de ello. Su sonido desvencijado en el agua se perdía por el afán de los estibadores, los gritos de quienes pretendían demostrar su dominio, la ira de los marineros, la calculada ambición de los comerciantes y el caminar cansado de las prostitutas. Emil Thompson tampoco reparó en esa embarcación menor, con el nombre borrado por el mar, que marcaría su destino.   Se trataba de un hombre fatigado que ya no se cercioraba de su hastío. Trabajaba como almacenista en una de las bodegas de la aduana y las rutinas portuarias le parecían molestas. Su jornada terrestre se reducía a la vigilancia de mercancías pretendidamente valiosas, que a veces permanecían abandonadas con enseres indistintos.   Vivía en un traspatio en Drury Lane, compartiendo cuartos con su mujer y sus hijos, a los que amaba como una costumbre. Salía de su casa en la oscuridad de la madrugada, refugiándose del frío con ropajes desgastados, y regresaba de noche, cuando su familia dormía. Cumplía con su vida sin afectaciones y carecía de odios porque su pensamiento se limitaba a la resolución cotidiana de las horas.   Evitaba estornudar porque lo creía una debilidad, y se limpiaba la nariz sólo como un gesto de elegancia. Había oído de dolencias como el escorbuto o las fiebres diftéricas por los relatos navieros, pero los tenía por males legendarios que ocurrían en la lejanía. Una de esas historias insistía en difundir una noticia que parecía bíblica: la peste se había manifestado en Amsterdam.   Debido a que no creía en el poder de las ratas, apenas escuchó el devenir de esas narraciones tabernarias, sin detenerse en su veracidad, pues solían conformar uno de los entretenimientos de los ociosos. Conocía la opinión reiterada de médicos borrachos que, impostando caridad, lucraban con el riesgo de marineros desesperados y de mujeres que vivían de la lujuria, por lo que dudaba de la fatalidad.   Una mañana, como un reproche, su mujer le aseguró que tenía piojos. Lo había descubierto al despertarse y esperaba que no la contagiara ni a ella ni a sus hijos. Avergonzado, conjeturó acerca del origen de ese insecto ignominioso, atribuyéndoselo a algún textil olvidado, a los perros que abundaban en los muelles, al mobiliario del almacén que utilizaban muchos desconocidos. Comprendió, sin embargo, que cualquier explicación resultaba vana y que debía soportar una condena callada, que prescindía del olvido.   Sin notarlo, aunque con disimulo, adoptó la costumbre de rascarse. Lo hacía con suavidad, pero con lenta perseverancia, como una distracción solitaria que irrumpía sosegadamente, sin que se le pudiera considerar sospechosa ni representar un indicio afrentoso.   Hay acontecimientos que se convierten en una conversación reiterada, propagándose por las calles, los parques, las tabernas, los patios, los comercios, las casas, los prostíbulos. Un jueves de noviembre, Emil Thompson se enteró de una de ellas, según la cual, en el puerto habían encontrado dos muertos en un barco abandonado.   Como sucede con frecuencia, los hechos terminaron por confundirse con opiniones y deducciones que sostenían que había algo de maldito en esa embarcación porque había estado flotando en el Támesis sin que se reparara en ella. Se decía que los cadáveres encontrados correspondían a dos extranjeros y se hablaba de asesinato, de robo y de traición. Luego se aseguró que se trataba de dos marineros franceses y finalmente se determinó que habían perecido por una enfermedad letal.   Los domingos, en la parroquia de St. Giles-in-the-Fields, después de misa, Thompson se demoraba en los nombres de los recién fallecidos inscritos en un pizarrón con la causas de su deceso, sin reconocer una identidad cifrada, imaginando apenas una biografía, extrañándose de que ninguno muriera de muerte natural.   Seis días después de que su mujer descubriera que tenía pulgas, Emil Thompson sintió cierta inflamación en el cuello y ocultó una pústula gangrenosa que lo infamaba detrás de la oreja. Se sentía observado por su esposa y en El Perro Negro, la cervecería que frecuentaba, disimulaba sus malestares con el alcohol. Se sobreponía a la fiebre porque creía que toda enfermedad representaba una ignominia y no quería ser señalado con conmiseración.   Creía que su mujer lo vigilaba, convirtiéndolo en un sospechoso, por lo que empezó a estudiar sus movimientos y a comportarse calculadamente, repensando cada gesto, cada evolución íntima, cada palabra. También temía a la mirada de sus amigos de la cervecería y por eso se mantenía más adusto de lo que era, a la expectativa de cualquier comentario, de los diálogos entrecortados, de las bromas que impostaban una complicidad. Bebía en silencio, asintiendo a cuanto se decía, aventurando una frase circunstancial, remedando una sonrisa. Una noche, sin embargo, cuando sus hijos se habían ido a dormir, su esposa le preguntó, queriendo conservar la calma:   -¿Qué te pasó ahí?   Thompson interrumpió su esimismamiento para fingir que no había escuchado la pregunta.   -Pregunté que qué te pasó en el cuello –insistió refiriéndose a unas pústulas purpúreas que ocultaba con la ropa con la que se defendía del frío.   -Nada, una cosa que me salió, pero ya se me quitará.   -Pues a mí no me parece muy normal –repuso Mrs. Thompson conteniendo la cólera- además tienes fiebre desde hace días.   -No es la primera vez que me pasa algo, y no por eso me voy a quedar en cama –concluyó Thompson.   -Allá tú –remató Mrs. Thompson   También en El Perro Negro habían notado que no dejaba de cubrirse el cuello y las orejas con la bufanda, pero lo atribuyeron a su complexión enfermiza, a su introspección natural y a su excentricidad.   Quizá Thompson no fue el primero que comprendió que un reflejo nervioso había aparecido en su cara. Consistía en un parpadeo repetido en el ojo izquierdo acompañado de una ligera contracción en la comisura de los labios, que no podía controlar y le ganó algunos comentarios paródicos en la cervecería.   La noche del 22 de noviembre de 1664, Emil Thompson no se terminó su cerveza en El Perro Negro, de lo cual se culpó a su susceptibilidad. Caminó trabajosamente hasta su casa, donde se acostó sin saludar. Mrs. Thompson, su mujer, comprobó que tenía fiebre. Ignoraba que el cuello le dolía de un modo atroz. Abatido por sus afecciones, se quedó dormido. Al día siguiente, estaba muerto.   Algo semejante a la tristeza inspiró el llanto de Mrs. Thompson. Sus hijos lloraron por contagio y las disposiciones que exige un entierro distrajeron su desasosiego, que de pronto adoptó la forma de una maldición, de la que se acusó al finado a la manera de un lamento quejumbroso, cuando se concluyó que había fallecido a causa de la peste.   En El Perro Negro, la noticia del mal que había sufrido hizo que un dejo de aflicción se transformara en desafecto hacia el occiso, con el que todos negaron haber tenido trato. Cuando en el pizarrón de la parroquia su nombre apareció escrito entre los decesos con el de la enfermedad que lo había producido, empezó a despertar recelos y un temor incipiente.   Aunque las campanas doblaron a duelo por él, a su entierro sólo acudió su familia, que, para prevenir el contagio, fue recluida en su casa, cuya puerta, obedeciendo las leyes, se señaló con una cruz roja de un pie de largo, sobre la cual se inscribió: “Señor, ten piedad de nosotros”.   No podía adivinarse entonces que, más que un agüero, ése era el principio en Londres de una gran peste que duraría un año, de la cual, la de Emil Thompson representaba la primera muerte, aunque nadie, ni Daniel Defoe en A Journal of the plague year, se acordaría de él.

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