Mar
5
Yersinia pestis
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Entre los muchos barcos anclados en el puerto de Londres, había uno que estaba abandonado, pero nadie se percataba de ello. Su sonido desvencijado en el agua se perdía por el afán de los estibadores, los gritos de quienes pretendían demostrar su dominio, la ira de los marineros, la calculada ambición de los comerciantes y el caminar cansado de las prostitutas. Emil Thompson tampoco reparó en esa embarcación menor, con el nombre borrado por el mar, que marcaría su destino. Se trataba de un hombre fatigado que ya no se cercioraba de su hastío. Trabajaba como almacenista en una de las bodegas de la aduana y las rutinas portuarias le parecían molestas. Su jornada terrestre se reducía a la vigilancia de mercancías pretendidamente valiosas, que a veces permanecían abandonadas con enseres indistintos. Vivía en un traspatio en Drury Lane, compartiendo cuartos con su mujer y sus hijos, a los que amaba como una costumbre. Salía de su casa en la oscuridad de la madrugada, refugiándose del frío con ropajes desgastados, y regresaba de noche, cuando su familia dormía. Cumplía con su vida sin afectaciones y carecía de odios porque su pensamiento se limitaba a la resolución cotidiana de las horas. Evitaba estornudar porque lo creía una debilidad, y se limpiaba la nariz sólo como un gesto de elegancia. Había oído de dolencias como el escorbuto o las fiebres diftéricas por los relatos navieros, pero los tenía por males legendarios que ocurrían en la lejanía. Una de esas historias insistía en difundir una noticia que parecía bíblica: la peste se había manifestado en Amsterdam. Debido a que no creía en el poder de las ratas, apenas escuchó el devenir de esas narraciones tabernarias, sin detenerse en su veracidad, pues solían conformar uno de los entretenimientos de los ociosos. Conocía la opinión reiterada de médicos borrachos que, impostando caridad, lucraban con el riesgo de marineros desesperados y de mujeres que vivían de la lujuria, por lo que dudaba de la fatalidad. Una mañana, como un reproche, su mujer le aseguró que tenía piojos. Lo había descubierto al despertarse y esperaba que no la contagiara ni a ella ni a sus hijos. Avergonzado, conjeturó acerca del origen de ese insecto ignominioso, atribuyéndoselo a algún textil olvidado, a los perros que abundaban en los muelles, al mobiliario del almacén que utilizaban muchos desconocidos. Comprendió, sin embargo, que cualquier explicación resultaba vana y que debía soportar una condena callada, que prescindía del olvido. Sin notarlo, aunque con disimulo, adoptó la costumbre de rascarse. Lo hacía con suavidad, pero con lenta perseverancia, como una distracción solitaria que irrumpía sosegadamente, sin que se le pudiera considerar sospechosa ni representar un indicio afrentoso. Hay acontecimientos que se convierten en una conversación reiterada, propagándose por las calles, los parques, las tabernas, los patios, los comercios, las casas, los prostíbulos. Un jueves de noviembre, Emil Thompson se enteró de una de ellas, según la cual, en el puerto habían encontrado dos muertos en un barco abandonado. Como sucede con frecuencia, los hechos terminaron por confundirse con opiniones y deducciones que sostenían que había algo de maldito en esa embarcación porque había estado flotando en el Támesis sin que se reparara en ella. Se decía que los cadáveres encontrados correspondían a dos extranjeros y se hablaba de asesinato, de robo y de traición. Luego se aseguró que se trataba de dos marineros franceses y finalmente se determinó que habían perecido por una enfermedad letal. Los domingos, en la parroquia de St. Giles-in-the-Fields, después de misa, Thompson se demoraba en los nombres de los recién fallecidos inscritos en un pizarrón con la causas de su deceso, sin reconocer una identidad cifrada, imaginando apenas una biografía, extrañándose de que ninguno muriera de muerte natural. Seis días después de que su mujer descubriera que tenía pulgas, Emil Thompson sintió cierta inflamación en el cuello y ocultó una pústula gangrenosa que lo infamaba detrás de la oreja. Se sentía observado por su esposa y en El Perro Negro, la cervecería que frecuentaba, disimulaba sus malestares con el alcohol. Se sobreponía a la fiebre porque creía que toda enfermedad representaba una ignominia y no quería ser señalado con conmiseración. Creía que su mujer lo vigilaba, convirtiéndolo en un sospechoso, por lo que empezó a estudiar sus movimientos y a comportarse calculadamente, repensando cada gesto, cada evolución íntima, cada palabra. También temía a la mirada de sus amigos de la cervecería y por eso se mantenía más adusto de lo que era, a la expectativa de cualquier comentario, de los diálogos entrecortados, de las bromas que impostaban una complicidad. Bebía en silencio, asintiendo a cuanto se decía, aventurando una frase circunstancial, remedando una sonrisa. Una noche, sin embargo, cuando sus hijos se habían ido a dormir, su esposa le preguntó, queriendo conservar la calma: -¿Qué te pasó ahí? Thompson interrumpió su esimismamiento para fingir que no había escuchado la pregunta. -Pregunté que qué te pasó en el cuello –insistió refiriéndose a unas pústulas purpúreas que ocultaba con la ropa con la que se defendía del frío. -Nada, una cosa que me salió, pero ya se me quitará. -Pues a mí no me parece muy normal –repuso Mrs. Thompson conteniendo la cólera- además tienes fiebre desde hace días. -No es la primera vez que me pasa algo, y no por eso me voy a quedar en cama –concluyó Thompson. -Allá tú –remató Mrs. Thompson También en El Perro Negro habían notado que no dejaba de cubrirse el cuello y las orejas con la bufanda, pero lo atribuyeron a su complexión enfermiza, a su introspección natural y a su excentricidad. Quizá Thompson no fue el primero que comprendió que un reflejo nervioso había aparecido en su cara. Consistía en un parpadeo repetido en el ojo izquierdo acompañado de una ligera contracción en la comisura de los labios, que no podía controlar y le ganó algunos comentarios paródicos en la cervecería. La noche del 22 de noviembre de 1664, Emil Thompson no se terminó su cerveza en El Perro Negro, de lo cual se culpó a su susceptibilidad. Caminó trabajosamente hasta su casa, donde se acostó sin saludar. Mrs. Thompson, su mujer, comprobó que tenía fiebre. Ignoraba que el cuello le dolía de un modo atroz. Abatido por sus afecciones, se quedó dormido. Al día siguiente, estaba muerto. Algo semejante a la tristeza inspiró el llanto de Mrs. Thompson. Sus hijos lloraron por contagio y las disposiciones que exige un entierro distrajeron su desasosiego, que de pronto adoptó la forma de una maldición, de la que se acusó al finado a la manera de un lamento quejumbroso, cuando se concluyó que había fallecido a causa de la peste. En El Perro Negro, la noticia del mal que había sufrido hizo que un dejo de aflicción se transformara en desafecto hacia el occiso, con el que todos negaron haber tenido trato. Cuando en el pizarrón de la parroquia su nombre apareció escrito entre los decesos con el de la enfermedad que lo había producido, empezó a despertar recelos y un temor incipiente. Aunque las campanas doblaron a duelo por él, a su entierro sólo acudió su familia, que, para prevenir el contagio, fue recluida en su casa, cuya puerta, obedeciendo las leyes, se señaló con una cruz roja de un pie de largo, sobre la cual se inscribió: “Señor, ten piedad de nosotros”. No podía adivinarse entonces que, más que un agüero, ése era el principio en Londres de una gran peste que duraría un año, de la cual, la de Emil Thompson representaba la primera muerte, aunque nadie, ni Daniel Defoe en A Journal of the plague year, se acordaría de él.
Mar
5
Sacrilegios
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Una de las obsesiones que anima a algunos de quienes se consideran “ateos”, “agnósticos” o “heterodoxos” consiste en blasfemar, reprobar con severidad a
Como le decía la hija de Schemajah Hiller al Golem de Gustav Meyrink, que no sabía que era el Golem al que temía: “no basta con querer hacer el bien; hay que saber hacerlo”.
Feb
12
La letra y la batuta
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Amantes tanto de la música como de la literatura, Mario Lavista y Eduardo Lizalde conviven en estas páginas con la memoria de una estación radiofónica cuyas notas exquisitas fueron sustituidas por el ruido del balón contra el césped.
Las enseñanzas
de un músico
Quizá la curiosidad y el asombro han marcado las jornadas terrestres de Mario Lavista, en las que convergen asimismo
la amistad, la generosidad, la literatura, la conversación, el cinematógrafo y, sobre todo, el gusto por la música, la cual ejerce con rigor como melómano, como maestro, como editor y como compositor. En El lenguaje del músico, su discurso de ingreso a El Colegio Nacional, ha señalado la gran diversidad que distingue a la música moderna, y puede decirse que algo de ella se refleja en la variedad íntima de su obra, que no prescinde de la música de cámara, de las composiciones sinfónicas, de canciones, de la ópera, de cuartetos para percusiones, de “música para charlar”, como llamó Silvestre Revueltas a la música compuesta para el cine. •
Apostilla
del concierto
Entre los géneros que suelen desdeñarse, se encuentran las solapas de los libros, la nota al pie de página y las brevedades que se imprimen en los programas de los conciertos. Sin embargo, en ellos pueden hallarse curiosidades y una literatura mínima que puede resultar fascinante. Joaquín Gutiérrez Heras ha practicado el género de la nota escrita para un programa de concierto con asiduidad y sin desdeñarlo, haciéndolo derivar, sin proponérselo, en el diario de un melómano, en el que ha anotado algunas de sus ideas acerca de músicos como Mozart, Igor Stravinsky, Darius Milhaud, Mario Lavista, Silvestre Revueltas o él mismo, el cual ha sido rescatado de la dispersión por Consuelo Carredano.
Joaquín Gutiérrez Heras, Notas sobre notas. Compilación y prólogo Consuelo Carredano. México, Conaculta, 1998. 517 pp. •
Memorias
de un diletante
Quizá más que un poeta que parece imprescindible, que un lector acuicioso, que un editor riguroso, que un conversador grato, que un bebedor de vino, Eduardo Lizalde sea un melómano. Su gusto por la música lo ha llevado a presenciar óperas y conciertos en distintos teatros de diferentes ciudades del mundo como el Bolshoi, el Marinsky, el Carnegie Hall, la Philarmonie, a haber creado una discoteca y una videoteca infinitas, a hacer comentarios en radio y televisión, y a escribir artículos al respecto en periódicos y revistas, de los que se ha publicado una antología con fotografías tan sugerentes como los textos, como aquella en la que Enrico Caruso y Gabriela Besanzoni disfrutan un curado de pulque en Xochimilco.
Eduardo Lizalde, La ópera hoy, la ópera ayer, la ópera siempre. Antología de crónicas. México, Escenología, A. C., 2003. 543 pp. •
Pauta
Una revista puede ser una vanidad he-cha de vanidades, un recuento de ideas comunes a sus hacedores, una reunión efímera de escritos o una suma de novedades. Puede ser asimismo un objeto precioso, una revelación cotidiana y una lectura memorable; desde hace 25 años Pauta ha sido una de esas. Concebida por Mario Lavista como una revista dedicada a la música, en ella convergen textos de teoría, recuerdos, esbozos biográficos, ensayos, aforismos, poemas, cuentos, escritos olvidados y artículos meramente literarios, pues desde el principio se ha propuesto entrecruzar con acierto la música y la literatura, por lo cual sus jefes de redacción han sido escritores como Guillermo Sheridan, Juan Villoro, Luis Ignacio Helguera, que murió hace dos años, y Luigi Amara. •
Un fantasma
radiofónico
La memoria y las costumbres suelen construirse circunstancialmente. La lluvia, el trayecto al trabajo, el café se imponen a diario como un destino ineludible. También el tranvía, el saludo matutino o una estación de radio. Muchas de ellas irrumpen de manera implacable en nuestro devenir con música inesperada y desafortunada que por medio de la reiteración se apodera de nuestros recuerdos y de nuestra nostalgia. Otras representan una evocación placentera. Más que un hábito, la XELA, en el 830 de Amplitud Modulada, fue durante más de cincuenta años, un afecto inevitable, en el que se renovaba una melomanía elemental, que adquiría las formas de La hora sinfónica Corona o El compositor de la semana. Lamentablemente en esa frecuencia que transmitía la estación de música clásica más antigua del mundo, irruyó hace tres o cuatro años una estación deportiva, que luego ha seguido mudándose en el cuadrante, y Brahms, Shostakovich y Sibelius se sustituyeron por los Jaguares de Chiapas, el Pachuca, los Dorados de Sinaloa, El Matador Hernández, El Cadáver Valdés y El Guamerú García. •
Una admiración
olvidada
Siempre generoso, Mario Lavista, que es un buen lector, refiere que la primera lectura que recuerda es La sirenita de Hans Christian Andersen, que le leía su abuelo y luego se lo contaba. Actualmente se demora en las páginas de Sostiene Pereira de Antonio Tabucchi, autor al que conocía y novela cuya adaptación cinematográfica había visto, y que lo ha fascinado como suele sucederle a aquel que se detiene en algún libro de ese escritor italiano. Comprende que toda recomendación resulta circunstancial y caprichosa, pero se permite mencionar algunas de sus lecturas esenciales: todo Borges, pero ahora sugeriría sus conferencias en la Universidad de Harvard contenidas en Arte poética. Poesía china de la Dinastía Tang. Quizá escogería Macbeth, pero cree que todo Shakes-
peare resulta imprescindible y recuerda a Borges, que sostenía que después de Shakespeare todo es un plagio.
• Todo López Velarde.
• Cuadrivio de Octavio Paz.
• Debussy y lo inefable de Vladimir Jankélevich.
• La correspondencia de Giuseppe Verdi.
• El primer libro de John Cage: Silence.
• Todo Rilke, especialmente la Vida
de María.
• Esperando a Godot de Samuel Beckett.
• Tratado de armonía de Arnold Schönberg.
• Siete nocturnos de Álvaro Mutis y su cuento “Una calle de Córdoba”. •
… y verborrea
Aunque algunos clásicos como Louis Armstrong, como Charly Parker, como Dizzy Gillespie, como Pérez Prado, como José Alfredo Jiménez, como The Beatles no se acogen a los principios de las composiciones que conocemos como “música clásica”, y no todos los compositores que corresponderían a esa designación serían “clásicos” —además de que con maxmordonía esa palabra se referiría sólo a una época de la tonalidad—, esa me parece la expresión más precisa para aludir a lo que otros prefieren llamar “música culta” o “de concierto”, cuando cualquier notación elemental, como Los Changuitos, sería “culta”, y cualquier tonadilla resulta susceptible de interpretarse en un concierto.
Feb
12
La palabra y el silencio
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Los poetas Gabriel Magaña, Gerardo Deniz y Luis Vicente de Aguinaga iluminan con su singular pluma estas páginas, en donde comparten espacio con una pequeña librería de reminiscencias borgianas.
La página
fuera de la página
Según lo refirió Borges en uno de los artículos que publicó en El Hogar. Ilustración semanal argentina, T. E. Lawrence “era tan sensible a la peligrosa pasión por la tipografía, que solía acortar o aumentar su texto para que cada página de su libro fuera impecable”. De una manera diferente, en sus Caligramas Apollinaire supo utilizar la disposición tipográfica para darle a sus poemas la forma de la luna de la que hablaba. En su búsqueda poética por el principio, Gabriel Magaña ha hallado los significados de los espacios en blanco. No se trata de un mero silencio. Desde In albis y La nada en bruto hasta Jasaduras y Apoyado en su tiempo de oscuridad, la disposición que le otorga a las palabras, que a veces saltan a otra página, no obedece a un capricho, sino a la búsqueda de lo esencial.
Intimidades insólitas
Más allá de los Raros de Rubén Darío y de los “artistas malditos”, uno de los escritores más peculiares que han existido es, sin duda, Gerardo Deniz, que ha fundado su poesía en la ironía y el entendimiento. Aunque su obra parece inextricable, obedece a una lógica, la suya, animada por el humor y la inteligencia.
Ciertamente, en sus poemas se ocultan algunas de sus intimidades lúdicas y ya había de él un libro inusitado de prosa, Alebrijes; pero todavía debe celebrarse la aparición, hace seis años, de Anticuerpos, en el que se reúnen algunos de sus escritos publicados en periódicos y revistas, en los que refiere, entre otras cosas, su historia en la Biblioteca Benjamin Franklin, sus lecturas de Jules Verne, ciertas inclinaciones melómanas y su cercanía con Georges Dumézil, algunos de cuyos libros han sido traducidos por el no menos admirable Juan Almela.
Gerardo Deniz, Anticuerpos, México, Juan Pablos Editor, Ediciones Sin Nombre, 1998, 216 pp.
Lo que queda
de poesía
En sus Parodias, Marcel Proust intentó con ironía y devoción emular el estilo de distintos escritores, como Flaubert, Balzac o los hermanos Goncourt, con lo cual acaso demostraba que provenía de diversos escritores. En Reducido a polvo, el poemario con el cual ganó el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes 2004, Luis Vicente de Aguinaga no renuncia a sus lecturas de, entre otros, Antonio Gamoneda, Edmond Jabés u Octavio Paz, pero lo hace no como meras emulaciones, sino como un vestigio (una de las obsesiones que habitan este cuaderno) que lo conduce a un estilo personal y definitivo.
Luis Vicente de Aguinaga, Reducido a polvo, México, Joaquín Mortiz, 2004, 108 pp.
El canto del tucán
Hace más de 15 años, se rumoraba que, en la Ciudad de México, el poeta Víctor Manuel Mendiola deambulaba en un volkswagen repleto de libros; se trataba de los gratos volúmenes que ya desde entonces editaba bajo el sello editorial de El Tucán de Virginia, que comenzó con un título suyo y otro de Guillermo Samperio y que sigue siendo casi la única que publica solamente poesía. Aunque se ha interesado por poetas mexicanos como Francisco Icaza, Luis Barjau o Fernando Fernández, ha procurado la traducción asimismo de poetas como Lars Forsell, Ted Hughes, Lanza del Vasto o Sarah Kirsh, habiendo hecho, además, con Salvador Elizondo, un tomito memorable de El Cuervo de Edgar Allan Poe, seguido de La filosofía de la composición con la primera versión de 1892 y la quinta de 1945 de Enrique González Martínez y las traducciones del francés de Charles Baudelaire y Stéphane Mallarmé.
Un sendero
Una librería enorme, a veces, impide hallar el libro deseado, convirtiéndose en un infierno hecho de novedades prescindibles, de tratados escolares, de anaqueles inescrutables. En una calle como, por ejemplo, la de Galeana, en el centro de Guadalajara, no lejos de Araiza, una tienda emblemática de ropa, y de La Alemana, un local legendario, puede encontrarse, sin embargo, un pequeño establecimiento ante el cual se requiere detenerse para descubrir en él una librería, la Jardín de Senderos, en la que ciertamente no abundan los volúmenes, pero los que allí existen suelen resultar atractivos. A pesar del espacio eximio, no se limita a la literatura, por lo que en ella también pueden descubrirse escritos de historia, de antropología e incluso de ciencia.
Un lector esencial
Como en su poesía, en sus lecturas
Gabriel Magaña prescinde de superficialidades novedosas, de lo insustancial,
de las convenciones literarias mundanas
y considera imprescindibles los siguientes autores:
Esquilo, Sófocles, Eurípides.
Pascal
Marcel Proust
Franz Kafka
Giuseppe Ungaretti
Friedrich Hölderlin
Hanna Arendt
Poemas de la dinastía Tang y de la Song
Su Tong Po
Martin Heidegger
Charles Baudelaire
Los filósofos presocráticos
Actualmente, está leyendo La idea
del espíritu. El pensamiento, la voluntad,
el juicio de Hanna Arendt.
… y verborrea
Hay a quienes no les bastan las palabras existentes, por lo que deciden inventar algunas. Del nombre de un cómico, Cantinflas, que tuvo algunos momentos afortunados, se derivó un verbo preciso, cantinflear, que define una manera disparatada de hablar. El poeta Vicente Huidobro era afecto a inventar verboides creacionistas y el malevaje suele recurrir a un lenguaje secreto.
Es sabido que a Miguel de Unamuno –que, según José Moreno Villa, tenía las manos “gordezuelas, suaves, blandas, sonrosadas, escurridizas; de afilados dedos, como para manipular con cosas leves y menudas”– le gustaba hacer pajaritas de papel, a lo cual llamó cocotología, palabra que al Diccionario Enciclopédico uteha le parece más apropiada que papirología, propuesta por el argentino Solórzano Sagredo, que llamaba papirolas y papirolitas a esas geometrías de papel.
Feb
12
La cisterna y el manantial
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INTRO. Ninguno de los libros de José Ortega y Gasset –uno de los grandes filósofos en lengua española—es un tratado de filosofía riguroso. Trató de hacer asequible su pensamiento, dejó de lado el aparataje teórico y se entregó a una labor de divulgación dispersa en miles de textos.
“Mi vocación era el pensamiento, el afán de claridad sobre las cosas. Acaso este fervor congénito me hizo ver muy pronto que uno de los rasgos característicos de mi circunstancia española era la deficiencia de eso mismo que yo tenía que ser por íntima necesidad. Y desde luego se fundieron en mí la obstinación personal hacia el ejercicio pensativo y la convicción de que era esto, además un servicio a mi país”, escribió José Ortega y Gasset, uno de los grandes filósofos en lengua española, nacido en 1883 y muerto el 18 de octubre de 1955. Su vida y su obra se caracterizan por una actitud filosófica que buscó salir de las aulas universitarias para insertarse en la existencia cotidiana de España. Hizo filosofía y la divulgó a través de todos los medios a su alcance: la academia, el periodismo, la política, el trabajo editorial. En esto influyó su haber nacido “sobre una rotativa”, como él mismo bromeó, al recordar a su abuelo y a su padre, ambos periodistas, fundadores y directores del periódico El Imparcial, donde también fue un asiduo colaborador.
Otro acontecimiento fundamental en su concepción filosófica es la pérdida, en 1898, de los últimos territorios españoles en ultramar, Cuba, Puerto Rico y las Filipinas. Cuenta con quince años y sufre en carne propia, como muchos en su generación (Unamuno, Machado, Baroja), el trauma que significa la decadencia de su patria. Fue un verdadero desastre nacional que se reflejó en el sentir cultural de la época. Era “el problema de España”, como se le definió, ante el que Ortega y Gasset respondió con la búsqueda de culpables: el individualismo y regionalismo españoles, faltos de interés ante los asuntos nacionales; y una solución: una élite intelectual que aprehendiera lo mejor del mundo occidental y se encargara “de la educación política de las masas”. Para él, España estaba enferma. “Somos cisterna y debemos ser manantial”. Y si España era el problema, Europa era la salvación. Escribió en 1910: “queremos una interpretación española del mundo. España es una posibilidad europea. Sólo mirada desde Europa es posible España”.
No toda Europa, en realidad, sino Alemania, únicamente. Ortega y Gasset fue un germanista apasionado. A su hijo lo nombra Germán, en honor del país que le parecía el paradigma de la ciencia y la filosofía. Hace estudios en Leipzig, Nurenberg, Colonia, Berlín y Marburgo. Este último poblado, “pequeña ciudad gótica, puesta junto a un manso río oscuro”, representa para el filósofo “el equinoccio de mi juventud”, y afirma: “A ella debo la mitad, por lo menos, de mis esperanzas y casi toda mi disciplina”.
Influjo atmosférico
De regreso a España abandona de manera paulatina el influjo del neokantismo (“con gran esfuerzo me he evadido de la prisión kantiana y he escapado a su influjo atmosférico”) y comienza a escribir una obra más personal. Enarbola la Biognosis o ciencia de lo humano, a la que también denomina Razón Histórica. Ortega y Gasset yuxtapone el antiguo pensamiento que registra la realidad en los objetos al moderno enfoque que sitúa ésta en el sujeto: la mente, las ideas. El ser humano es, dice, pero sólo a través de su circunstancia, es decir la de la muy particular época que le tocó vivir. Hay en esto una situación producto del devenir histórico pero también una voluntad vital por entender las circunstancias, aceptarlas pero también cambiarlas. De ahí una de sus más famosas frases: “Yo soy yo y mi circunstancia y si no la salvo a ella no me salvo yo”.
Ortega desecha la ontología tradicional –el ser esencial, inalterable- para situar al individuo ante los hechos de la existencia histórica y cotidiana: “La vida no tiene un ser fijo y dado de una vez para siempre, sino que está pasando y aconteciendo”. A la fuerza de la razón le opone la fuerza de la vida: la biografía personal y el quehacer cultural. Afirmó: “El hombre, no tiene naturaleza, lo que tiene es historia; porque historia es el modo de ser de un ente que es constitutivamente, radicalmente, movilidad y cambio. Y por eso no es la razón pura, eleática y naturalista, quien podrá jamás entender al hombre. Por eso, hasta ahora, el hombre ha sido un desconocido… ¡Ha empezado la hora de las ciencias históricas!”
El hombre, animal elegante
Por supuesto, el pensamiento orteguiano cubrió muchas otras esferas. Se interesó en el lenguaje (sus nociones de la deficiencia y la exuberancia en el decir), en el relativismo, en el perspectivismo, en lo objetivo de una ciencia que se aleje de “la secreta lepra de la subjetividad”, en el racio-vitalismo, en el desdén que sentía por la filosofía medieval, tan orientada a Dios, en el estudio de las fuentes filosóficas, desde los griegos a Hegel y Kant, en el cristianismo (“de recordar a Jesús como San Pedro, a pensar a Jesús como San Pablo, va nada menos que la teología”), y en la eterna superposición de épocas y generaciones.
No fue un filósofo ajeno a la polémica. Hubo quien, como Unamuno, lo consideró un papanatas por sus ideas europeizantes. Otros lo consideraron un hombre más dedicado al espectáculo que a la filosofía. Algunos lo acusaron de plagio. Otros, de falta de originalidad. Hubo quienes no lo consideraron filósofo sino un hábil escritor que embellecía los conceptos de otros. Ya en 1928 se le acusaba de ser un “pensador y literato siempre; nunca filósofo. Es el ensayista que desflora todas las cuestiones sin resolver ninguna de una manera científica”.
Ortega y Gasset se defendió: “Pensar que durante más de treinta años he tenido día por día que soportar en silencio, nunca interrumpido, que muchos pseudointelectuales de mi país descalificaban mi pensamiento porque ‘no escribía más que metáforas’ -decían ellos. (…) Parece mentira que ante mis escritos (…) nadie haya hecho la generosa observación que es, además, irrefutable, de que en ellos no se trata de algo que se da como filosofía y resulta ser literatura, sino por el contrario, de algo que se da como literatura y resulta ser filosofía. Pero esas gentes que de nada entienden, menos que de nada entienden de elegancia, y no conciben que una vida y una obra puedan cuidar esa virtud. No de lejos sospechan por qué esenciales y graves razones, es el hombre el animal elegante”.
Se le acusó de que en sus libros, más que verdades contundentes, hubiera nociones, ideas deslumbrantes, sí, pero como inacabadas. Ninguno de sus libros es, en realidad, un tratado de filosofía riguroso y estricto. Él se opuso a ello de manera deliberada, tal vez por percibir la crisis contemporánea en torno a los conceptos otrora inconmovibles de Verdad, Razón, Ser. También, porque trató de hacer asequible su pensamiento al pueblo español. Por ello dejó de lado el aparataje teórico que debía sustentar su obra y se entregó a una labor de divulgación dispersa en miles de textos. Encontró, en el ensayo, una forma muy personal de hacerse leer. A éste lo definió como “la ciencia menos la prueba explícita”. Practicó una forma de escribir, literaria, amena, polémica, en oposición a la aridez del lenguaje filosófico practicado por otros autores, porque “había que hacerlo allí donde estaba el español: en la charla amistosa, en el periódico, en la conferencia. Era preciso atraerle hacia la exactitud de la idea con la gracia del giro. En España, para persuadir, era menester antes seducir”.
Feb
12
El bolero ilustrado
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Benigno Gil es un limpiador de calzado en cuyos pasos por la Ciudad de México suenan ecos de Juan Rulfo, José Revueltas y Augusto Monterroso. Un lector que sabe que para quitarle la tristeza a una mujer basta una buena dosis de Ramón del Valle-Inclán.
La ruta del bolero
En la segunda página de Nuestro hombre en La Habana, Graham Greene describe un día aludiendo a que “estaba lleno de boleros (shoeshiners)”, refiriéndose a esos limpiadores de calzado que suelen abundar en los parques, que recorren las calles en busca de zapatos sucios, y que parecen imprescindibles en las cantinas, a las cuales se les vedaba el ingreso con un letrero sugestivo: “Prohibida la entrada a boleros, uniformados y vendedores ambulantes”. Benigno Gil es uno de ellos, y en sus trayectos diarios ha conocido fragmentos de la historia de parte de la Ciudad de México. No resulta extraño encontrárselo en La Castellana, en Insurgentes y Antonio Caso, donde Efraín Huerta se reunió con Pablo Neruda, en El Mirador, en Puente de Alvarado y Rosales, en la cual José de la Colina se encuentra semanalmente con periodistas y escritores como Ariel González, José Luis Martínez S., o Mauricio Carrera, y en el Salón Palacio, en Rosales e Ignacio Mariscal, al que han acudido, entre otros, Juan Rulfo, José Revueltas, Augusto Monterroso y Ricardo Salazar, el fotógrafo que los retrató allí. •
La memoria esencial
Paul Groussac decía, según Borges, que la declamación tenía sus reglas; la primera dictaba no cometerla. Sin embargo, en ciertas borracheras, en no pocas reuniones solemnes, en algunas celebraciones obligadas, no suele faltar quien se levante y recite con afectación “una poesía” como “A Gloria”, “Para entonces” o “El brindis del bohemio”. Luis Miguel Aguilar ha comprendido que ese hecho representa asimismo un gusto y lo ha compendiado en un volumen muy disfrutable: Poesía popular mexicana. Con rigor y sentido del humor, no ha desdeñado esa forma de concebir la lírica, que se funda en la rima y que está reunida en libros de títulos emblemáticos como El tesoro del declamador, admirándose de la manera en la que un poema “culto”, con pretensiones de exquisito, puede volverse del dominio popular como una canción.
Poesía popular mexicana. Selección y prólogo: Luis Miguel Aguilar. México, cal y arena, 2003. 499 pp. •
La futilidad eterna
En un poema muy conocido, Francisco de Quevedo aludió para siempre a la vanidad de las grandes empresas y a la permanencia de lo cotidiano. La historia de los supuestos grandes sucesos con frecuencia resulta aburrida y, por lo tanto, olvidable, mientras que el recuerdo de las minucias de las que está hecho un pueblo como San José de Gracia, devino en una obra memorable: Pueblo en vilo de don Luis González y González. Aunque en México no es raro que se desdeñen las remembranzas de lo inmediato, en algunas de ellas se descubren los mínimos acontecimientos diarios, como el burdel, como el
cine, como la canción de moda, que conforman la historia. La memoria del personaje que ha sido Pepe Jara no sólo importa la crónica de una vida peculiar, sino que hace las veces de un recuento personal del siglo XX en México.
Pepe Jara, El andariego. México, cal y arena, 1998. •
Libros callejeros
Las formas de un libro determinan su lectura. La belleza de un volumen puede incitar a detenerse en su texto, en su papel, en su tipografía, pero en ocasiones interfiere en la atención que requiere un escrito, pues existen ejemplares concebidos como adorno, para hojearse por sus estampas, para presumir exquisitez. Otros, en cambio, parecen desechables, hechos para usarse en cualquier lugar, y han derivado en invenciones entrañables como los libros de bolsillo. El recuerdo de una obra importa la del ejemplar en el que se ha descubierto y los gustos de un editor le confieren un encanto o vuelven sospechoso a un texto, a un autor y a un lector. Hace algunos decenios, el periódico La Prensa publicó una colección de libros, cuya lectura representaba una refinada perversión literaria por los dibujos de sus portadas y por sus títulos inauditos, que incluían una historia en varios volúmenes de la cárcel de Lecumberri, Los cazadores de cabezas del Amazonas de Up de Graff o El carretero de la muerte de Selma Lagerloff. •
Literatura
a la vuelta de la esquina
Un puesto de periódico no sólo expende versiones impresas de lo inmediato, vende revistas ilustradas y vocea novedades, sino que es un lugar de encuentro, confirma el significado de un saludo, de un hábito, de una conversación circunstancial. Ahí, se sabe, también se pueden adquirir estampitas y el álbum que le conceden un sentido aditivo a un Mundial de futbol o a la geografía, distintas formas de calendario como el de Galván o el que identifica a un taller mecánico y libros. En el de la esquina de Unión y Pedro Moreno, en Guadalajara, por ejemplo, podían encontrarse los ejemplares de Hexágono, en el que se ubica afuera del cine Teresa, en la Ciudad de México, todavía se venden los Populibros de La Prensa y muchos voceadores ofrecen volúmenes de Gredos, de Planeta y de Shakespeare. •
El lustre
de las letras
Una costumbre que conforma la de limpiarse los zapatos consiste en una lectura circunstancial que mitiga la espera que supone. Aunque los boleros gustan de disponer de prensa de boulevard, abundante en noticias policiales y escándalos artísticos, algunos, como Benigno Gil, se detienen a veces en los libros, que en ocasiones propician la conversación. El primero que recuerda haber leído fue “Poco a poco de Zamora Orozco o algo así; en la escuela” y el último que frecuentó fue “el de la Triste Figura, Don Quijote; no más tantito, no crea que todo”. Confiesa que hace mucho tenía trato con diversos volúmenes, “pero no sé qué pasó con ellos; los tiraron a la basura, se los comieron las ratas o ya sabe como son los muchachos…”. Sin embargo, se permite recomendar las siguientes obras:
•Moradas filosóficas, “parece que de Peter Colosino o algo así, para la juventud y para las damas”.
•Don Quijote de La Mancha de Miguel de Cervantes Saavedra
•Sonatas de Ramón del Valle-Inclán, “para que las damas no estén tristes; aunque sea pa’ que se acuerden”.
•Pito Pérez, “el de José Rubén Romero”.
•Un rabino en apuros, “es de los Populibros”.
•“Iba a decir El retorno de los brujos, pero estamos muy fantasiosos ahorita”. •
… Y verborrea
No son pocos quienes sostienen que los sinónimos no existen, pues aunque parece que algunas palabras significan lo mismo, prevalece una diferencia sutil. Por eso, a pesar de que pueden definir algo semejante, el uso de ciertas expresiones resulta delatador. Decirle “poesía” a lo que otros llaman “poema” denota una cursilería ingenua que se hace más notoria cuando se recurre al plural “poesías”. Quienes prefieren el término “poema”, aluden a la “poesía” a la manera inglesa; para referirse a una idea estética, que a veces se contiene en una reunión de poemas, pero finalmente, según lo escribió T. S. Eliot, “cada poema es un epitafio”.
Feb
12
Inscripciones sanitarias
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La literatura puede surgir de pronto en cualquier parte como, por ejemplo, en una taberna, en las galletas chinas de la suerte, en la calle y en el baño. Quizá la disposición y la intimidad a las que obliga ese recinto propicia el ocio, que con frecuencia favorece la lectura, lo cual ha devenido en géneros ocasionales como el de la minucia histórica, la curiosidad científica, las “citas citables” o la mera anécdota. Aunque en algunos de ellos suelen desplegar periódicos en las paredes para prevenir el tedio propio de esa fisiología, en los baños públicos dominan otras formas inequívocas de escritura.
Supeditadas al muro, a las puertas, al espejo, en ellas la ironía suele derivar en obscenidad, en afrenta, en una demostración de ingenio elemental que no prescinde de la ostentación escueta de ciertas preferencias deportivas, de los dibujos eróticos, del insulto sardónico a la autoridad, casi siempre representada por un simple policía.
Esa literatura de ocasión, me parece, tiene algo de mala educación sentimental y ha deparado hallazgos memorables. Hubo un tiempo en el que resultaba común encontrarse ante el mingitorio del baño de un restaurante, del de una cantina o del de un cabaret, un papelito pegado que anunciaba a colores: “CHANCROS, SÍFILIS, GONORREA. Enfermedades secretas. Consultorio del Dr. Flemming. López 23 Despacho 201”. Más que una advertencia, ese aviso comercial sugería historias oscuras de clínicas sospechosas, personajes ambiguos y condenas teológicas, aunque en una de sus clases en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, Salvador Elizondo sostenía que de ese género de cotidianidades, James Joyce había hecho el Ulises.
Esa costumbre es acaso ancestral —en las ruinas de Pompeya, por ejemplo, hay una caricatura inscrita en una pared que se cree que alude al emperador Claudio—, y una de las maneras que le ha permitido volverse perdurable consiste en la repetición. Por ello, no parece infrecuente que unos versos, una frase o una ocurrencia como “Yo soy el que mató a Paco Stanley” aparezcan en las letrinas de diversos lugares.
Aunque esa escritura suele incitar al ejercicio del anonimato y la difamación, a veces se recurre a ella para dejarle mensajes a desconocidos, con teléfono incluido, quizá menos como una invitación que como una provocación. Ignoro el desenlace de esos telegramas, creo, sin embargo, que, con las otras frases anotadas en las sórdidas paredes de los baños públicos, conforman una literatura pretendidamente espontánea como la del escrito arrojado al mar dentro de una botella o la de las inscripciones en los camiones.
Feb
12
Réquiem por el western
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El western, dice el autor de este texto, expresó los dilemas más importantes de la existencia y lo hizo con escasos recursos dramáticos. Por eso su muerte supone algo más que el deceso de un género: significa la crisis del cine.
Algún día, cuando la oscuridad lo avasalle todo, alguien preguntará: ¿Qué era el cine? Quien sobreviva responderá: El western, el cine era el western.
No hay ni habrá respuesta más exacta. El western es Hollywood y Hollywood es el cine. Hollywood sobrevive pero el western, ay, está muerto. De vez en vez algún valiente exhuma su cadáver y acomoda los huesos de otro modo. El género no revive pero el espectador atisba, de nuevo, cierta poesía primitiva. Ahí están Clint Eastwood y Los imperdonables, Tommy Lee Jones y Los tres entierros de Melquiades Estrada, Ang Lee y Brokeback Mo-untain. Basta mirar una de sus secuencias para entenderlo: con el western no muere un género sino un lenguaje, una manera de decir las cosas. Todo, desde el sombrero hasta el polvo, componía un idioma. Todo significaba, decía. Un vaquero rasgando el mediodía era un verbo: expresaba algo que las palabras no sugerían. Ahora, sin western, el mundo se oscurece. Ciertas sensaciones y preguntas no pueden ser ya pronunciadas. Algo deja de existir. La noche avanza.
La muerte del western supone algo más que el deceso de un género cinematográfico. Significa la crisis del cine. No hay cine más específico, más autónomo, que el de los géneros. Sólo en ellos este arte alcanza su absoluta independencia. En el western, como en el musical, el cine se desprende de la realidad y crea un mundo otro: gente baila, otras cantan, vaqueros disparan insaciablemente. Ningún otro arte lastra a estos géneros: todo nace de ellos mismos. Ahora se piensa lo contrario: el verdadero cine lo hacen los autores, no los géneros. Es hora de los farsantes: Dogma, Greenaway, el último y pretencioso asiático. Alguna vez se entenderá que no hay reto mayor para un autor que ejercer un género: crear a partir de un código ya dado, expresarse a través de sus limitaciones. Tampoco hay reto más grande para el espectador: sólo si conoce a fondo un género podrá disfrutar sus cintas, sus leves y temperadas variaciones.
Revelar lo sagrado
Silencio. ¿Qué cosa no podrá ya decirse? El mito. Sin western, el cine no conoce el misticismo.
El thriller y el melodrama no lo suponen. Menos todavía los desvaríos europeos. Sólo el western nació para revelar lo sagrado. Ésa fue su función primaria: crear mitos para una nación naciente. Estados Unidos despunta y el western erige su mitología. La erige tardíamente: en el siglo XX, retomando hechos del XIX. La erige tramposamente: confundiendo la Historia con el mito. La erige frente a nuestros ojos, embelesados. Nunca el mundo había contemplado el espectáculo de un país inventado, en la oscuridad de una sala, su propio origen. Nunca un rito nacional había sido tan incluyente. Sentada la mitología norteamericana, el western encarna mitos universales: el origen que dibuja es de todos. Su acción ocurre sólo por accidente en Estados Unidos: su espacio es el campo. Allí, en esa tierra de nadie, bajo el cielo y entre la hierba, cualquier hombre es todos los hombres. La aventura del cowboy es la del humano: un solitario enfrentado a un cosmos inexplicable. Así fue al principio. Así lo será siempre. El western es el origen y el origen es el destino. Con su muerte se extingue ese milagro que D.W. Griffith celebraba: ya ningún espectador entrará civilizado a la sala de cine y saldrá primitivo de ella.
Se pierde, también, la grandeza. Se pierde la epopeya.
La muerte del western significa la victoria de lo pequeño. Ya todo es comedia y melodrama. Ya todo
es anodino y cotidiano. Nada apunta a la desmesura. Nada es verosímilmente épico. Ningún género es capaz siquiera de postular un héroe válido. El heroísmo, como la aventura, era cosa del western. Incluso la más pobre de sus películas sugería: antes de ti hubo titanes. Al principio, titanes previsibles: blancos, justos, con una placa de sheriffs en su pecho. Después, tras la Segunda Guerra Mundial, héroes menos clásicos, a veces indios, siempre oscuros y forajidos. Ésa fue una de las hazañas mayores del género: cuando ya no pudo expresar el heroísmo, expresó su ausencia. El héroe, o su vacío, estuvo siempre en el centro. Un héroe elemental y, por lo mismo, doblemente heroico. Su sabiduría: un instinto primitivo. Su arma: la violencia más natural. Su objetivo: un mundo tan primario como él mismo. Nada más ajeno al héroe que el detective, atado a su razón, estacionado en sus silogismos. Ningún heroísmo ahí. Sólo es heroico lo primitivo. Sólo el polvo. Sólo el vaquero que vacía su pistola sobre otro heroico vaquero.
Pecado y redención
Se dice: en las películas del Viejo Oeste se enfrentan el bien y el mal. Se enfrentaban, en realidad, cosas más importantes: la civilización y la naturaleza, el pecado y la redención, la libertad y el destino. El western expresó los dilemas más importantes de la existencia y lo hizo a su manera: con escasos recursos dramáticos. Todo en este género tiende al minimalismo. El vaquero: un sombrero, un arma, un caballo. Sus móviles: la venganza, alguna promesa, una pasión desbordada. El pueblo: la main street y, en ella, apenas un saloon, un hotel, un banco, la comisaría. Pocas veces recursos tan escasos han creado alegorías tan intensas. Pocas alegorías han mostrado tan contundentemente la natural, inexorable desolación del hombre. Cuesta creer que cualquier otro arte pueda hoy expresar tanto con tan poco. Más difícil es creer que aquellas grandes disyuntivas puedan ser aún plasmadas. Desaparece el western y, con él, cierta metafísica. Una metafísica y una moral. El western sostuvo un sistema de valores, hoy en desuso. El honor, por ejemplo. ¿Qué otro género será capaz de registrarlo? Honor era John Wayne montando, impávido, un caballo; Gary Cooper enfundando, sin temblar, su arma; Clint Eastwood disparando, heladamente, sobre Gene Hackman. El honor no puede ser ya pronunciado, ni en el cine ni en la literatura. Hagamos caso a Wittgenstein: sólo existe lo que es nombrado. El honor no existe más.
Y la poesía. Desaparece, también, la poesía del western. El cine es, sobre todo, superficie, y la del western era hermosa. Una superficie toda luz y vacío, tan libre como yerma. Una poesía rústica, atada voluntariamente a lo elemental. Nada es más difícil de registrar que lo básico, y el western se especializó en esa materia. Transmitió lo menos comunicable: la sensación del viento sobre nuestra nuca, la humedad del lodo entre nuestros dedos, la desesperante aspereza del polvo. Eso, todo eso. Y a través de eso, una y otra vez, lo único que tiene sentido: el todo y la nada que es la existencia. Que es el cine.
Feb
12
Entre la historia y la cátedra
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Además de ser un historiador peculiar, Javier Garciadiego es un profesor ameno que sabe convertir sus lecturas en una conversación amistosa. Dicha vocación convive en estas páginas con la biografía, un género que parecía despreciado en México hasta hace poco.
1.
Relación de los hechos
Desde Herodoto, la historia no depende de los sucesos, sino de su relato. Javier Garciadiego es una presencia común en los archivos, en la unam, en El Colegio de México, donde ha descubierto personajes como Higinio Aguilar y Gaudencio de la Llave, a quienes, bajo la influencia de Lytton Strachey, les dedicó su libro Porfiristas eminentes, o especulaciones ocultas que suelen devenir en la universidad, como en Rudos contra científicos. La Universidad Nacional durante la Revolución mexicana, en los cuales no pretende imponer una interpretación de los hechos, sino narrarlos con un estilo desenvuelto que no prescinde de la ironía.
Sabedor de que los documentos pueden proponer distintas historias cruzadas, ha elaborado, en La Revolución Mexicana, una antología imprescindible de documentos, planes y testimonios.
2. Una cátedra
Una costumbre estadunidense se funda en una extraña manera de beneficencia que consiste en donar bancas a los parques con el nombre del benefactor, prestar cuadros a museos y crear cátedras. Algunas de ellas, como la “Charles Eliot Norton Poetry Lectures”, se han convertido en libros admirables como Seis propuestas para el próximo milenio de Italo Calvino o Arte poética de Jorge Luis Borges. Las conferencias que dictó en la “Christian Gauss” de Princeton, obligaron a Nicola Chiaromonte “a darle la forma más coherente posible a las ideas en las que tenía tanto tiempo de trabajar”, de donde surgen los ensayos de La paradoja de la historia, en los que la literatura incita a la comprensión de los hechos según la moral, y los cuales han sido traducidos con generosidad por ese lector inagotable que es Antonio Saborit.
Nicola Chiaromonte, La paradoja de la historia. Traducción y prólogo de Antonio Saborit. México, Instituto Nacional de Antropología e Historia, 1999.
3. La conversación
como historia
Don Luis González y González contaba que, cuando decidió aprovechar su año sabático en El Colegio de México para escribir la historia de su pueblo, recibió no pocas burlas despectivas. Sin embargo, su forma de reconstruir el pasado ha resultado un ejemplo que, entre otros, ha permitido a Patricia Pensado y Leonor Correa hacer un recuento del pueblo de Mixcoac, ahora, como otros, convertido en un barrio de la Ciudad de México.
Recurriendo a conversaciones, Pensado y Correa no sólo logran recrear ese lugar a la manera de un viaje sentimental, sino que revelan misterios propios del lugar, como los de las casas al estilo de la Selva Negra o la casa morisca de avenida Revolución.
Leonor Correa y Patricia Pensado, Mixcoac. Un barrio en la memoria. México, Instituto Mora, 1999.
4. Una librería en Mixcoac
A pesar de todo, la Ciudad de México todavía sobrevive. Cerca del Parque Hundido, en la calle de Augusto Rodin, hay una plaza con una iglesia, la de San Juan Evangelista, animada por hermanos josefinos, enfrente de la cual vivía Ireneo Paz, en una casa que hoy es un convento de monjas dominicas, junto a la que se encuentra la que era de Valentín Gómez Farías, donde se labora en el Instituto Mora.
Esa casa no sólo se mantiene abierta para los investigadores, los maestros, los estudiantes y los visitantes de su biblioteca, sino que en ella se halla una librería, en cuyo espacio reducido pueden encontrarse libros de historia editados por ese instituto, como la biografía de ese hombre célebre por haber permanecido unos cuantos minutos en la presidencia luego de la renuncia de Madero, Pedro Lascuráin, hecha por Graziella Altamirano Cozzi, y también los que publican otros centros como la unam, El Colegio de México, El Colegio de Michoacán, la Universidad Autónoma de Aguascalientes o el Conaculta, que demuestran que al amparo del Estado también pueden hacerse obras encomiables.
Junto a la librería, existe un café al lado del jardín interior de esa casa, que no sólo hace más agradable la lectura, sino Mixcoac mismo.
5. Retratos callejeros
Como el diario, como las memorias, la biografía parecía un género despreciado en México hasta hace poco. José Manuel Villalpando es uno de los historiadores que han comprendido ese género que fascinaba a Franz Kafka, por lo que ahora dirige una colección de ellas, publicada por Planeta DeAgostini, que puede hallarse en puestos de periódicos, y en las que se hace el esbozo de la vida de personajes diversos como Ignacio Comonfort, Felipe Ángeles o Silvestre Revueltas.
6. Notas de lectura
Además de ser un historiador peculiar, Javier Garciadiego es un profesor ameno,que sabe convertir sus lecturas en una conversación amistosa y al que ahora se le ocurre sugerir los siguientes libros:
Años interesantes de Eric Hobsbawn, “no me resultó un hombre simpático, pero me resultó un hombre inmerso en una vida interesantísima y además percibe con muchísima lucidez los cambios del siglo xx.
“Para consumo nacional, creo que hay historiadores que se tienen que leer constantemente; aprovechar y releer a Luis González, que acaba de morir, y recomiendo ampliamente la lectura de un breve pero sabio y profundo texto de Bernardo García Martínez, cuyo título es algo así como Geografía histórica de México, y que forma parte de la reciente Historia económica de México, coordinada por Enrique Semo y publicada por la unam y por editorial Océano. Se trata de un texto auténticamente iluminador.
“Estoy disfrutando una nueva edición que acaba de llegar de España, una versión resumida de Las memorias de ultratumba de Chateaubriand. Es un testimonio que reconoce, disecciona, la caída del antiguo mundo y el surgimiento de un mundo moderno”.
7. … y verborrea
Es sabido que el significado original de las palabras no siempre se corresponde con el que les otorga el uso. De manera similar, su origen puede confundirse con la historia que le confiere el lugar donde se recurre a ellas. Un ejemplo clásico al respecto es el del sustantivo tiza, como se le llama en España al gis, que tiene su principio en el náhuatl, mientras que gis, como le decimos en México, y que Joan Corominas no consigna, me dicen que resulta de procedencia española.
Feb
12
El silencio y el talismán
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La poesía del escritor austriaco Christoph Janacs, hecha de paisajes rulfianos, y la de Gabirel Magaña, conformada de rastros y vestigios, confluyen en estas páginas con el recuerdo de una librería mítica llamada El Juglar.
La palabra del paisaje
Hay recorridos que se convierten en literatura. Un viaje deviene con frecuencia en un diario o un relato, una vida origina a veces un libro de memorias, un itinerario puede importar una iniciación como la de ciertos libros de caballería o las novelas de formación del Romanticismo alemán. Mucho de la obra del poeta austriaco Christoph Janacs está hecha del paisaje, en el que descubre vestigios que acaso revelan la palabra. Sus viajes a México han derivado en una novela peculiar, Verano azteca, así como en los relatos de El canto del coyote. También aparecen como un reflejo en algunos de sus poemas que conforman la antología Tras la ceniza, en los cuales, como en las páginas de Juan Rulfo, el paisaje está hecho de silencios. •
Asombros inadvertidos
Todo libro es susceptible de convertirse en otros libros. Las circunstancias de una lectura, se sabe, determinan su placer y su recuerdo. La revelación que a veces puede representar un escrito en la juventud, con frecuencia deriva en un talismán o en la remembranza de una errancia. La frecuentación y el conocimiento de otros textos también contribuye a la percepción de lo que se lee en el momento. De manera semejante, releer la obra reunida de un escritor depara asombros inadvertidos, renueva descubrimientos, permite entendimientos de una escritura. Más que a una revisión, la publicación de Región, la poesía reunida de Jorge Esquinca, incita a detenerse en un poeta que, lejos de agotar y reiterar ciertas formas, indaga en los mecanismos de la creación para establecer una complicidad posible de lo que no puede decirse.
Jorge Esquinca, Región (1982-2002). México, Universidad Nacional Autónoma de México, 2004. 397 pp. •
El tiempo
de la oscuridad
Entre los muchos modos de escritura, existen algunos que se mantienen ajenos a la adulación, el prestigio y el reconocimiento inmediato, y parecen un origen perpetuo, en el que la palabra no representa un objeto precioso, sino un rastro, un vestigio o un indicio perdido; la poesía de Gabriel Magaña es uno de ellos. Lejos del burdel, de la experiencia circunstancial, de las modas literarias, indaga en el mito encubierto en la realidad, en el principio que se oculta en las apariencias, en la materia prístina, “libre del libro”, sabiendo que “el habla no es obra del hombre”.
Gabriel Magaña, Fenestraje. México, Ediciones Sin Nombre, 2004. 131 pp.•
La memoria del Juglar
Hay lugares que ocurren en la memoria como, verbigracia, ciertos paisajes de la infancia, una juguetería, el rostro de una desconocida y alguna librería; El Juglar ha sido una de ellas. Hubo un tiempo en el que estuvo al final de Avenida Revolución, en la Ciudad de México, en un pequeño local en un centro comercial, en el que había que ahorrar con paciencia para comprar ediciones míticas de El amor y occidente de Denis de Rougemont, la correspondencia de Friedrich Nietzsche, Documentos de Georges Bataille o la poesía de Robert Graves. Tiempo después, se mudó a su actual casa, en una glorieta de la calle Manuel M. Ponce, en la colonia Guadalupe Inn, entre cuyos libreros estuvieron José Manuel de Rivas y Armando Hatzacorsian, quienes crearon posteriormente Ediciones Heliópolis, y que entonces resultaban un peligro porque se convirtieron en magníficos vendedores, debido a que sus recomendaciones solían importar un descubrimiento. •
El vuelvo del colibrí
No resulta extraño que una editorial obedezca a propósitos personales, Giullio Enaudi y Ernst Rohwolt emprendieron la edición de libros como un oficio íntimo. También Joaquín Díez-Canedo concibió Joaquín Mortiz como un afecto literario, y esa idea personal movió a Juan José Arreola a publicar volúmenes que importaban un objeto querido. Desde hace algunos años, en la editorial Colibrí, Sandro Cohen decidió dedicarse a crear distintos ejemplares como una forma de literatura, logrando un muestrario vario de textos que no prescinden de la poesía de Francisco Hernández, los ensayos de Armando González Torres o las invenciones radiofónicas de Thomas Mann. •
Vestigios librescos
Como la de muchos escritores, la obra del ganador del Premio de Poesía de Salzburgo 2003, Christoph Janacs, revela ciertas lecturas íntimas como la de Paul Celan, Octavio Paz o René Char. Aunque no recuerda con precisión el primer libro que leyó, “uno de los primeros e importantes que influyó mi pensamiento y causó mi amor a la cultura española e iberoamericana, es El torero pequeño de Kesel Jasper. Janacs, que actualmente lee La palabra liberada de Gonzalo Márquez Cristo, recomienda, entre otros:
Octavio Paz: “Sus grandes poemas como Blanco, Piedra de sol y Nocturno de San Ildefonso. Él fue quien hizo que fijara mi mirada en México y marcó mi propia poesía”.
•El amante de Margerite Duras
•Hipnos de René Char
•Farenheit 451 de Ray Bradbury
•Michael Kohlhaas de Heinrich
von Keist •
… y verborrea
Se sabe que el teléfono se puede contestar de muchas maneras. Se trata de un entendido al que Roman Jacobson llamó “función fática”, y que no consiste sino en constatar que se escucha con cierta disposición. Quien responde al auricular “¡bueno!”, sólo está haciéndole saber al que llama que se ha establecido la comunicación como el soldado que en las series americanas de televisión dice a la radio “¡aquí Sanders! ¡cambio!” Aunque todas sean correctas, hay en ellas algo de impostura, pues no es lo mismo reponer “¡bueno!” que “¡hola!” que “¡diga!” que simplemente “¿si?”, y en cada país la mala educación es diferente.

